“No te metas en mi vida”

La presión social es una compilación de maneras que la humanidad ha creado para que muchos se entrometan en vidas ajenas. Amparadas en buenas intensiones, opinan acerca de la situación de alguien con frases sutiles que no dejan de ser inoportunas y molestas. Los escenarios más propicios para estas invasiones al desarrollo autónomo que cada quien hace de su vida están en eventos sociales que desparraman felicidad y alegría, como matrimonios, shower (aquél festival que surte al recién casado, al recién nacido y muy pronto recién divorciado), bautizos, confirmaciones, quiceañeros, grados, despedidas, bienvenidas y demás celebraciones.

En Colombia todos los eventos sociales están ligados al licor, que cumple con su primera función de desinhibidor y diurético, luego vendrá la fase depresiva y al día siguiente la resaca que se alivia con más cerveza. Una vez se ha roto el hielo y han pasado las preguntas de cortesía, que indagan por el estado de salud de la familia y la situación laboral, inevitablemente llega el interrogatorio de rigor:
       Y usted, ¿por qué no se ha casado?
       No es el momento.
       ¿Le tiene miedo a las mujeres?
       Simplemente es que soy una persona muy compleja que ha creado un mundo para sí mismo en el que difícilmente entra alguien.
       Mijo, hay que ceder un poco, nadie es perfecto.
       Por esa misma razón, llevo mucho tiempo construyendo mi vida sin la necesidad de tener alguien al lado. No es fácil que alguien llegue a criticar todo lo que hago sin saber las razones por las que las hago.
       Y cuando tiene muchas ganas de carne (mientras hace el gesto colombiano que indica sexo: palma hacia abajo con movimiento adelante y atrás), ¿cómo le hace?
       Hago el amor con la persona que más amo en este mundo. Me masturbo: sexo rápido, sin compromiso ni riesgos de enfermedad, sea gonorrea, sífilis, sida, encoñamiento o la peor de todas, amor.
Tras esta respuesta, que es una manera cordial de decir “no te metas en mi vida”, el interlocutor se aleja o me cambia el tema de inmediato, que suele ser el fútbol. Sí, soy un odioso total cuando me lo propongo, pero no tolero estas preguntas en ambientes sociales, que sirven como burladero para la impertinencia.
Tal vez muchas personas piensen que soy un amargado que odia la humanidad, un misógino que tiene un trauma terrible con las mujeres o un homosexual que teme salir del clóset. No confirmo ni tampoco niego estas versiones, pues las justificaciones suelen ser tomadas como un intento fallido por quedar bien con las personas.
Cuando tienes más de  30 años –en mi caso son 34- y un trabajo estable, el libreto de la sociedad dicta que el siguiente capítulo llegará el matrimonio, no sin antes avergonzarte de tus tatuajes, olvidar aretes y ropa de anarquista esnob, renegar del rock y adoptar un credo para el resto de la vida. Una patética rendición con aires de redención.
Me resisto a seguir el guión que la sociedad impone a todos desde pequeños. Todas las series de televisión alaban aquel personaje que abjura de su vida y se rinde a los preceptos sociales: afeitada diaria, corte de cabello mensual, novia bonita, camisa entre el pantalón, teléfono de moda, carro, consejero espiritual, otro carro para evadir el pico y placa, apartamento y un labrador que corre a recibirme tras una jornada de trabajo. Estamos entrenados desde los Picapiedra hasta llegar a Homero Simpson. No es coincidencia que el final de las películas de Hollywood y las novelas latinas terminen en una última escena colmada de felicidad, sea un matrimonio o un simple beso, el mensaje es unánime: el amor siempre ganará –púdrete Julia Roberts-.
Mi felicidad no está en las demás personas, sé que está en mí y ser feliz solamente depende de mí. Esa es la idea fundamental por la que soy feliz a pesar de ser soltero. Muchos critican la idea de vivir aún con mis papás, pero claro, miopes y primarios como lo son los colombianos, son incapaces de comprender que no ha sido fácil tener una estabilidad laboral, lo que dificulta acceder a un crédito hipotecario – un sueño muy costoso para mis ingresos ocasionales- y elaborar un presupuesto de gastos mayor a un año. Además, no tengo una relación tensa con ellos, son unas magníficas personas que son felices con la sencillez, sin ambiciones excesivas ni enferma opulencia. Ha sido maravilloso comprender el mundo el que vive mi mamá, sorprenderme con su sentido del ahorro sin caer en una vida menesterosa, asumir sus responsabilidades de ama de casa con dignidad y abnegación, llevar un ritmo de vids tranquilo mas no despreocupado, y saber que el cariño es algo muy distinto a la melosería. Sintonizar con mi papá, aunque arduo, ha sido una bonita experiencia, pues ya pensionado y cercano a cumplir 70 años, asume esta nueva etapa de su vida sin quejas, frases lastimeras ni ataques de nostalgia. Al parecer, tampoco son problemas de convivencia, pues he aprendido mucho de respeto con quienes convivo. Con orgullo soy un “hijo de papi”.
Me identifico plenamente con  los indignados de Europa, jóvenes adultos que han estudiado pero que no tienen un trabajo, quienes sienten el peso de las críticas que los señalan como parásitos, acomodados e inmaduros, mientras que viven con la desesperación de ver cómo sus sueños se desvanecen con el paso de los días. Sin trabajo es difícil concertar
La desesperación me llevó a buscar métodos para alejarme de la desesperanza: comencé a correr en las mañanas, devoro libros con un apetito insaciable, busco información en internet sobre demás rincones del mundo, exploro nuevos sonidos cada día, veo películas que nunca aparecieron en la cartelera comercial, ocasionalmente escribo para desfogar el desespero en este blog, nado dos veces por semana, recorro muchas partes de la ciudad en bicicleta, mis habilidades culinarias han mejorado deliciosamente, las clases de yoga tienen un efecto precioso en mi espíritu, aprendí cómo dejar una ventana impecable, no necesito ayuda para reemplazar una toma eléctrica ni un interruptor, desarrollé habilidades de bricolaje y demás reparaciones locativas, descubrí que mis mejores reflexiones la hago cuando aseo mi cuarto y que la mejor manera de disfrutar la ciclovía es antes de las nueve de la mañana.
La soledad no ha sido desesperante, pues he aprendido a conocerme mejor, reconocer mis errores sin fatalismos y mis aciertos sin triunfalismos. En fin, he construido mi vida con tranquilidad día tras día, aunque ha sido difícil dominar el desespero, pues por más actividades que haga, al final del día el fantasma llega hasta mi almohada, pero hemos aprendido a convivir. Espero que las personas dejaran de fijarse tanto en la vida de los demás, para dedicarse a crear la suya: cultivar el jardín interior.
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