Adolescentes obsoletos

Crecí con la palabra nerd alojada en mi listado de miedos, pues la sociedad valora más el talento que la dedicación y la constancia. Me rebelo y confieso que me gustan las bibliotecas, esa paz casi religiosa que se siente en cada una de las estanterías es un ecosistema favorable para las ideas, la autocrítica y la reflexión; siempre recibí el comentario compasivo y sardónico de quienes se enteran que soy socio de la Biblioteca Luis Ángel Arango, mientras presumen por  conocer los bares de moda y salir en efímeras publicaciones juveniles.
Ahora, despojado de temores, admito que sé moverme entre los catálogos y las estanterías, disfruto del olor de las hojas de un ejemplar nuevo y hasta aprendí a manejar las máquinas fotocopiadoras; aunque también he dado el paso tecnológico con el kindle, que me parece más discreto que la tabletas –demasiado ruido por un juguete que tiene de todo pero que no sirve para nada-, pues desconfío de la alharaca mediática que crea la manzanita tecnológica, que monta una película para lanzar una aplicación nueva que no dista mucho de su antecesora.
Casi que desafiante, admito que no he visto las películas del Hombre araña, ni siquiera cuando las pasan por televisión, sospecho de las oleadas cinematográficas que hechizan niños que saltan a la adolescencia y perduran en ese estado hasta que aparecen las primeras canas -si no es que el pelo ha comenzado a desalojar la cabeza-; tampoco me entusiasman las películas basadas en tiras cómicas, no me dejo tentar fácilmente por las bandas sonoras ni los efectos especiales.
Sospecho que esta generación se estacó en el eterno adolescente, quien una vez graduado de la universidad, trabaja y tiene un buen nivel de vida pero se resiste a admitir el paso del tiempo, que trae una dosis de la experiencia que calma el soberbio ímpetu de conocer el mundo sin salir de su casa. Es incompresible que una persona se ufane al volver de Barcelona sin saber quien fue Gaudí o Cruyff, tan patéticos como aquellos que tras pasar unas pocas semanas en Buenos Aires llegan con el vos en los labios y hasta saludan a los hombres con un beso en la mejilla. Me resisto a ser juzgado por el portero del bar de moda, a pagar por un trago como si fuera un jeque árabe y aguantar una orinada porque hay una pareja esnifando cocaína en el baño.
Como buen adolescente, este tipo de personas no toleran que se les cuestione ni critique, opinan con un falso tono de sabiduría y el egoísmo les impide encontrar algo más allá de su propio placer. Tampoco admiten sus culpas, pues la única manera en que bajan su mirada es cuando revisan sus BlackBerry, mientras su pareja hace lo mismo cuando están cenando. Siempre se están quejando de la soledad y de lo fatuo de las demás personas, porque no son el centro de atención de sus iguales.
Las grandes compañías de entretenimiento se han dado cuenta de esta tendencia generacional: no es coincidencia que tras el estreno de una película llegue la arremetida comercial para niños y adultos. Lucas Films, productora de las películas de La guerra de las galaxias, se asoció con la marca deportiva Adidas para sacar una nueva colección inspirada en la película; los precios astronómicos de las prendas solamente las podían pagar los fanáticos de la serie con un buen nivel salarial, mientras que otros todavía aguardamos que saquen las imitaciones a un precio modesto en el madrugón de San Victorino.
Tampoco es extraño ver mujeres que se acercan a los 40 años ataviadas como una vitrina ambulante de Hello Kitty, quienes aún buscan los años que parecen perdidos en la cédula, aún actúan con la arrogancia de las adolescentes bendecidas por la naturaleza con belleza, mientras sus hijas coquetean con los hijos de sus novios.
Estos adolescentes rancios, preservados por el marketing, los avances de la medicina estética y el milagroso viagra, se desviven por la tecnología ante el temor de sentirse desactualizados –primer paso hacia la obsolescencia-. El miedo con el que asumen el paso de  los años es evidente en aquellos que ven en las jovencitas ebrias las potenciales víctimas para recobrar la energía perdida.
Al final ganan las corporaciones que venden la ilusión de seguir siendo niños, sea por medio de video juegos, juguetes, películas de superhéroes, pornografía con adolescentes, reguetón o camisetas de Messi.
He optado por no teñir las canas ni buscar tratamientos para evitar la caída del cabello, dejé de buscar mi ropa en las tiendas de moda, ni volví a hacer fila para entrar a un bar. Reconozco –sin desafíos ni arrogancia- que soy anodino y muy pacato, pues saber y aceptar quién soy es la prueba de que he crecido, tal vez luego llegue la terquedad, alguna noche no tenga la erección adecuada y una mañana me levante con la preocupación de someterme al examen de la próstata. Desde hace mucho tiempo no me soporto los comentarios sobrados de muchos amigos que retan al mundo con sus axiomas de libertad, tratando de imitar a sus ídolos roqueros mientras tratan de llegar a final de mes sin terminar ahogados por las deudas y las preocupaciones.
Abandoné la búsqueda de la perfección en mi pareja porque la imperfección y la contradicción son inherentes al ser humano, no creo en los idilios eternos ni en la melosería dicotómica (como la que aplica el agresor que dice amar a su mujer mientras la golpea); del mismo modo, soy testigo de la manera en que las mujeres que pasan los 30 años reducen notablemente el rigor con el que buscan un hombre: no exigen que sea un buen bailador ni un émulo avejentado de Ricky Martin, solo quieren alguien con quien charlar, salir sin evitar los comentarios que advierten que pronto dejará de ser atractiva, están dispuestas a consentir y a dar el primer paso, conceder una noche de sexo desenfrenado como terapia para sacar la tensión sin remordimientos y amar a quien las respete y quiera francamente. No juzgan, pues saben que el pasado el pertenece a cada uno, y hasta llegan a ser buenas cómplices y confidentes cuando se pasa por una encrucijada o un enredo amoroso; también sirven como guías y consejeras  cuando llega la hora de enfrentar la vida sin nostalgias ni pataletas.
El miedo a afrontar las responsabilidades fue el nicho que encontró Steve Jobs –gurú geek– para generar más ganancias y hacer de Apple una de las compañías más exitosas de la actualidad. Nada más mírenlo, con su barba y su camiseta negra es el ícono de aquellos que denuestan de la corbata y los zapatos; es un juguetero tecnológico que creó una religión a partir de generar necesidades. La revisar la funcionalidad del i-pad uno termina decepcionado, pero el sinsabor se agudiza cuando tienes que pagar por cada una de las aplicaciones y contenidos para hacer de este artilugio una herramienta tan útil como eficaz. Sin embargo, las demás compañías tecnológicas no se quieren quedar fuera de la fiesta y desarrollaron sus propias versiones. El Patriarca cool (término de Naomi Klein) renunció a la dirección de Apple para enfrentar el cáncer que padece. Los adolescentes también se mueren.
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