Archivo | septiembre 2011

Apuntes de un ególatra

Muchas de ellas temen que el hombre tenga una actividad distinta a vivir por ellas, sea otra mujer, el fútbol, yoga, leer o escribir. Siempre quieren ser el centro de atención, que las miradas lascivas se estanquen en su busto o el trasero antes que el contacto visual.
Quieren ser reinas pero comportarse como plebeyas, ser admiradas e idolatradas, mientras ignoran con desdén cualquier asomo de cortesía. Desean un príncipe azul que las rodee de lujos y comodidades sin siquiera mover un dedo para llegar a ser princesas.
Esta sombría descripción podría sonar misógina, para otros más cercanos sería la explicación lógica para lo que con horror definen como una “tediosa soledad”. Otros, más francos, me rotulan como un ególatra que teme amar a alguien más que a sí mismo, quien solo podría querer a alguien igualitica a mí, una personalidad sumisa que se rinda ante cada uno de mis caprichos y necedades, aderezado con jornadas de sexo estándar.
Algunos solo viven esperando el amor de sus vidas mientras los años pasan sin descanso, por lo que he decidido vivir para mí mismo, no como un acto de egoísmo, sino como la aceptación de que el único responsable de mi felicidad soy yo mismo. La soledad ha creado una persona capaz de conmoverse por una canción, un alma que se siente parte del universo cuando una suave brisa me refresca en las mañanas calurosas, quien sabe que un ruptura siempre será dura pero que ha sido capaz de ser feliz cuando la otra persona no estaba. Mucha sabiduría tiene la frase “yo sabía vivir sin ti.”
Me resisto a vivir un amor de apegos, adicto a la presencia permanente del otro e incapaz de tener una dimensión singular. Soy un renegado de las relaciones absorbentes, aquellas en las que una de las dos personalidades termina rendida e idiotizada por la otra. De entrada desconfío de los dos lados de la sumisión, por su carácter enfermo, débil para decir lo que siente y temeroso de que el sexo pierda su protagonismo en la agenda de actividades semanales.
Rehúso tener que aguantarme otra persona por el temor a la soledad, escuchar mis propias críticas –mordaces, impertinentes y sinceras-, enfrentar las tardes de sábado sin la preocupación de inventar algún plan divertido, romántico y de bajo costo, y dar explicaciones acerca de todas mis acciones y pensamientos. Muchas personas confunden la libertad con egoísmo, tal vez porque aún desconocen que para amar plenamente, hay que amarse a sí mismo primero, reconocerse plenamente y ser capaz de afrontar cada día con la seguridad de encontrar la soledad en la almohada, sin dramatismos ni autocompasión.