Archivo | octubre 2011

Discurso de Leonard Cohen, premio Principe de Asturias a las Letras 2011.

“Es un honor estar aquí esta noche, aunque quizá, como el gran maestro Riccardo Muti, no estoy acostumbrado a estar ante un público sin una orquesta detrás. Haré lo que pueda como solista. Anoche no logré dormir, pasé la noche en vela pensando en qué podía decir hoy aquí. Después de comerme todas las chocolatinas y cacahuetes del minibar garabateé unas pocas palabras pero dudo que haga falta referirse a ellas. Obviamente, estoy muy emocionado por el reconocimiento de la fundación. Pero he venido esta noche a expresar otro tipo de gratitud que espero poder contar en tres o cuatro minutos.
Cuando estaba haciendo el equipaje en Los Ángeles me sentía inquieto porque siempre he tenido cierta ambigüedad sobre la poesía. Viene de un lugar que nadie controla, que nadie conquista. Es decir, si supiera de dónde vienen las canciones las haría con más frecuencia. Es difícil aceptar un premio por una actividad que en realidad no controlo. Haciendo el equipaje para venir, cogí mi guitarra Conde, hecha en España hace 40 años más o menos. La saqué de la caja y parecía hecha de helio, muy ligera. Me la puse en la cara y la olí, está muy bien diseñada, la fragancia de la madera viva. Sabemos que la madera nunca acaba de morir y por eso olía el cedro, tan fresco, como si fuera el primer día, cuando compré la guitarra hace 40 años. Y una voz parecía decirme: “Eres un hombre viejo y no has dado las gracias, no has devuelto tu gratitud a quien la merece: el suelo, la tierra, al pueblo que te ha dado tanto. Porque igual que un hombre no es un DNI, una calificación de deuda tampoco es un país. Ustedes saben de mi fuerte asociación con Federico García Lorca y puedo decir que mientras era joven y adolescente no encontré una voz y solo cuando leí a Lorca, en una traducción, encontré una voz que me dio permiso para descubrir mi propia voz, para ubicar mi yo, un yo que aún no está terminado.
Al hacerme mayor supe que las instrucciones venían con esa voz. ¿Y qué instrucciones eran esas? Nunca lamentar. Y si queremos expresar la derrota que nos ataca a todos tiene que ser en los confines estrictos de la dignidad y de la belleza. Así que ya tenía una voz, pero no tenía el instrumento para expresarla. No tenía una canción. Y ahora voy a contarles brevemente la historia de cómo conseguí mi canción.
Yo era un guitarrista indiferente. Solo me sabía unos cuantos acordes. Me sentaba con mis amigos, bebía y cantaba, pero nunca me vi como un músico o un cantante. Un día, a principios de los años sesenta, estaba de visita en casa de mi madre. Su casa estaba cerca de un parque con una pista de tenis donde íbamos a ver jugar al baloncesto. Era un lugar que conocía de mi infancia. Me paseé por allí y encontré a un joven tocando una guitarra flamenca. Me encantó, estaba rodeado de algunas chicas y me senté a escucharlo, me cautivaba, yo quería tocar así, aunque sabía que nunca lo lograría.
Me acerqué a él y nos entendimos medio en francés medio en inglés y pactamos unas clases en casa de mi madre. Era un joven español. Al día siguiente se presentó. Me dijo: “Déjame escucharte tocar algo”. Lo hice y declaró que no tenía ni idea. Él cogió la guitarra, la afinó, me la devolvió y dijo: “No suena mal. Ahora tócala de nuevo”. No cambió mucho. La cogió otra vez y me dijo: “Te voy a enseñar unos acordes”. Tocó una secuencia rápida de acordes y luego me explicó dónde tenía que poner los dedos y me dijo otra vez: “Ahora toca”. Pero fue un desastre.
Al día siguiente, empezamos de nuevo con esos seis acordes. Muchas canciones flamencas se basan en ellos. Al tercer día la cosa mejoró. Aprendí los seis acordes. Al día siguiente el guitarrista no volvió por casa. Dejó de venir. Como yo tenía el número de la pensión donde se alojaba fui a buscarlo para ver que le había pasado. Allí me contaron que aquel español se había suicidado, que se había quitado la vida. Yo no sabía nada de él, de qué parte de España era, por qué estaba en Montreal, por qué estaba en la pista de tenis, por qué se había quitado la vida.
Sentí una enorme tristeza. Nunca antes había contado esto en público. Esos seis acordes, esa pauta de sonido, ha sido la base de todas mis canciones y de toda mi música y quizá ahora puedan comenzar a entender la magnitud del agradecimiento que tengo a este país. Todo lo que han encontrado favorable en mi obra viene de esta historia que les acabo de contar. Toda mi obra está inspirada por esta tierra. Así que gracias por celebrarla porque es suya, solo me han permitido poner mi firma al final de la última página.”
Discurso pronunciado por Leonard Cohen en la entrega de los premios Príncipe de Asturias.

La revolución que no será

Los rebeldes nostálgicos de los sesenta, quienes creyeron cambiar un mundo a punta de un idealismo que el algún momento mutó en el neoliberalismo, descreen de las manifestaciones mundiales que se arropan bajo la etiqueta de los indignados.
Aunque dichas manifestaciones aún no cuajan, pues el idealismo no devela una posición ideológica clara ni una propuesta revolucionaria –los jóvenes extrañan la prosperidad que vieron en sus padres, que en términos prácticos se llama Conservadurismo-, tampoco hay que desconocer la cantidad de voces inconformes que se escuchan en distintas partes del mundo. Son miles y miles de personas las que crecieron con la convicción de que sus vidas estaban destinadas al éxito y la fortuna, quienes se esforzaron por estudiar, trabajar en ratos libres, ir a la iglesia, beber moderadamente, probar las drogas sin involucrarse ni tener hijos hasta realizar varios sueños.
Como los países extorsionados por el FMI o el Banco Mundial, tras cumplir la tarea, las personas se dieron cuenta de que no existen los finales felices para todos: al graduarse muchos no encuentran un trabajo y, acogotados por las deudas que acosan mes a mes, aceptan el primer empleo que aparece, sin ningún tipo de prestación social –en mi caso trabajé en logística de conciertos obedeciendo caprichos idiotas y sufriendo la idiosincrasia colombiana en su aspecto más rudo, ese del que nunca hablan en los comerciales-. Otros ven que crece la barriga, el pelo comienza a desaparecer, la foto de la cédula ya insinúa la nostalgia y las antiguas novias se casan, mientras que el diploma y los cursos no llegan con una propuesta de trabajo seria que permita desarrollar un proyecto de vida propio. La máxima realización para un joven profesional es la firma de un contrato de prestación de servicios por un año o fidelizar algún cliente por medio del freelance (generalmente tras reducir considerablemente la oferta económica).
La chispa se encendió a principios de año en Marruecos, siguió con la caída del régimen de Mubarak en  Egipto y poco a poco llegó a Europa. En España el movimiento de los indignados quiere volver a las épocas de ríos de miel y leche para todos, sin considerar los cambios sociales, políticos y económicos de los últimos 20 años. A pesar de ser una Revolución Tecnológica, no existe una autocrítica hacia el ser humano, una introspección que defina cercanamente al hombre actual.
Somos seres extremadamente individualistas, para quienes la ostentación y el derroche es un ideal antes que un acto irracional, inmediatistas que desean llegar a la meta sin esfuerzo alguno, hedonistas que temen al dolor y lo evitan creyendo en el amor ideal y perfecto, egoístas que sienten que pueden cambiar el mundo con un “me gusta” en facebook o con un tuit copiado de alguien más inteligente.
La indignación debe replantear la verdadera medida de la felicidad, crear una mentalidad en cada persona que le permita ser feliz con lo que dispone, despojada de la insaciable carrera consumista y que vuelva a creer en el valor de las cosas simples, aquellas que el dinero no puede comprar. La indignación no debe permitir que los banqueros irresponsables, quienes arriesgan con dinero ajeno, imploren por una salvación gubernamental.
El panorama no es claro, pues mientras los gobiernos tienen intereses políticos regionales, la economía tiene un poder mundial, en el que no somos más que un ladrillo en la pared. En el peor de los mundos, las personas seguirían aguantando, mientras que gozan al ver un niño emulando algún artista en la televisión y culpando de las desgracias del país al molesto vecino de la boina, que vocifera un discurso populista.