La revolución que no será

Los rebeldes nostálgicos de los sesenta, quienes creyeron cambiar un mundo a punta de un idealismo que el algún momento mutó en el neoliberalismo, descreen de las manifestaciones mundiales que se arropan bajo la etiqueta de los indignados.
Aunque dichas manifestaciones aún no cuajan, pues el idealismo no devela una posición ideológica clara ni una propuesta revolucionaria –los jóvenes extrañan la prosperidad que vieron en sus padres, que en términos prácticos se llama Conservadurismo-, tampoco hay que desconocer la cantidad de voces inconformes que se escuchan en distintas partes del mundo. Son miles y miles de personas las que crecieron con la convicción de que sus vidas estaban destinadas al éxito y la fortuna, quienes se esforzaron por estudiar, trabajar en ratos libres, ir a la iglesia, beber moderadamente, probar las drogas sin involucrarse ni tener hijos hasta realizar varios sueños.
Como los países extorsionados por el FMI o el Banco Mundial, tras cumplir la tarea, las personas se dieron cuenta de que no existen los finales felices para todos: al graduarse muchos no encuentran un trabajo y, acogotados por las deudas que acosan mes a mes, aceptan el primer empleo que aparece, sin ningún tipo de prestación social –en mi caso trabajé en logística de conciertos obedeciendo caprichos idiotas y sufriendo la idiosincrasia colombiana en su aspecto más rudo, ese del que nunca hablan en los comerciales-. Otros ven que crece la barriga, el pelo comienza a desaparecer, la foto de la cédula ya insinúa la nostalgia y las antiguas novias se casan, mientras que el diploma y los cursos no llegan con una propuesta de trabajo seria que permita desarrollar un proyecto de vida propio. La máxima realización para un joven profesional es la firma de un contrato de prestación de servicios por un año o fidelizar algún cliente por medio del freelance (generalmente tras reducir considerablemente la oferta económica).
La chispa se encendió a principios de año en Marruecos, siguió con la caída del régimen de Mubarak en  Egipto y poco a poco llegó a Europa. En España el movimiento de los indignados quiere volver a las épocas de ríos de miel y leche para todos, sin considerar los cambios sociales, políticos y económicos de los últimos 20 años. A pesar de ser una Revolución Tecnológica, no existe una autocrítica hacia el ser humano, una introspección que defina cercanamente al hombre actual.
Somos seres extremadamente individualistas, para quienes la ostentación y el derroche es un ideal antes que un acto irracional, inmediatistas que desean llegar a la meta sin esfuerzo alguno, hedonistas que temen al dolor y lo evitan creyendo en el amor ideal y perfecto, egoístas que sienten que pueden cambiar el mundo con un “me gusta” en facebook o con un tuit copiado de alguien más inteligente.
La indignación debe replantear la verdadera medida de la felicidad, crear una mentalidad en cada persona que le permita ser feliz con lo que dispone, despojada de la insaciable carrera consumista y que vuelva a creer en el valor de las cosas simples, aquellas que el dinero no puede comprar. La indignación no debe permitir que los banqueros irresponsables, quienes arriesgan con dinero ajeno, imploren por una salvación gubernamental.
El panorama no es claro, pues mientras los gobiernos tienen intereses políticos regionales, la economía tiene un poder mundial, en el que no somos más que un ladrillo en la pared. En el peor de los mundos, las personas seguirían aguantando, mientras que gozan al ver un niño emulando algún artista en la televisión y culpando de las desgracias del país al molesto vecino de la boina, que vocifera un discurso populista.
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