Archivo | noviembre 2012

Midnight in Paris

No son nuevas las historias en la que un escritor enfrenta sus personajes para comenzar a vivir en la ficción que crea en su cabeza, como las memorables Stranger than fiction(Marc Foster. 2006) o Adaptation(Charlie Kaufman. 2002); incluso en la Rosa Púrpura del Cairo, los personajes de Woody Allen literalmente rompen el muro invisible para entrar a esta parte del telón, tal y como lo hizo Jack Slater, interpretado por Arnold Schwarzenegger, en el último gran héroe.


No se trata de una historia de amor convencional, enmarcada en el clásico cuadro romántico con la Torre Eiffel de fondo, pero los planos de esta ciudad logran crear un ambiente que seduce al espectador, quien sabe que tiene una cita con la “Ciudad luz” en algún momento de su existencia.
En una loca aventura artística, Gil afronta una crisis creativa –estado permanente de quien escribe- mientras ultima los detalles de su matrimonio y trata de congeniar con los padres de su prometida, típicos monarcas imperialistas norteamericanos, cuyo chovinismo en París resulta  impertinente. En una noche mágica descubre un mundo nuevo, donde las personas viven apasionadamente sin preocuparse demasiado por las consecuencias, quienes se emborrachan y viven con la convicción de que la experiencia enriquecerá su creatividad.
En un mundo que ha creado placebos para el arrepentimiento, como el café descafeinado, la leche deslactosada y el amor sin condón, vale la pena mirar hacia atrás para aceptar que el presente se construye en cada instante, sin añoranzas vacuas que impiden mirar adelante.
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Papá bacán

Es normal ver adolescentes que comparten gustos con sus padres, pues generalmente ellos ejercen una fuerte influencia en los gustos y preferencias de sus hijos, razón por la que escucho las rancheras de Jorge Alfredo Jiménez y Antonio Aguilar con nostalgia de hogar, esa que me lleva a los buenos recuerdos de mi infancia.
Con los años uno termina pareciéndose a sus padres, hereda sus resabios, costumbres y valores; rememora cada uno de los espacios que recorría con ellos e inevitablemente siempre los recuerdo de mayor tamaño. Otras veces llega un olor que evoca aquella feminidad que inspiraba mi madre, su elegancia al vestir con ese largo cabello negro y sus botas impecablemente lustradas; también llegan recuerdos infantiles de protección al recordar la mítica Old Spice que usaba mi papá, una época donde los hombres hablaban duro, quienes a pesar de su aspecto rudo sabían que su principal responsabilidad era la familia, donde su compromiso con el mundo era un permanente ejercicio de autoridad que con los años se traduce en respeto por los ancianos (bastaba con que alzara levemente la voz para que acabara cualquier asomo de indisciplina).
Atrás quedaron los años de los castigos físicos, con el paso de los años muchos comprendimos que los hombre debíamos romper con esa figura tradicional del “macho que no llora” para conectarnos con nuestra parte emocional. Admito que no es tarea fácil, pues tradicionalmente estamos entrenados para ocultar lo que sentimos –especialmente aquello que nos hace sentir frágiles o vulnerables-, pero se notan los avances en padres que no temen asumir labores que demanda el hogar; además, actualmente no hay mujeres que acepten fácilmente esta situación. Sin embargo, noto que los padres de mi generación se convirtieron en los “amigos bacanes” de sus hijos, con cierto temor de ejercer la autoridad que demanda la paternidad.
Frente a esta situación, las mujeres llevan el doble papel de ser corazón y autoridad en el hogar, pues los papás se convierten en un hijo más, quien acata ante su incapacidad de asumir su rol de autoridad y ejemplo. Estos padres “cómplices” justifican todas las acciones de sus hijos como manifestaciones del inconmensurable talento e inteligencia que la sociedad incompetente se niega a reconocer. Frecuentemente he escuchado a personas cercanas que se ufanan de las muestras de la genialidad de sus críos, quienes una vez pierden una materia o un año en el colegio, automáticamente justifican y refuerzan la explicación del pequeño: “no le caía bien al profesor, por eso lo dejó.” Otros se jactan de la capacidad para dar golpes de su hijo, incluso llegan al paroxismo de declamar que ellos, como su papá, no se la dejan montar de nadie.
Ante estos vergonzosos casos de orgullo paterno añoro aquellos padres de antaño, quienes enseñaban a respetar, a saludar y despedirse, asumir pequeñas responsabilidades hogareñas como lavar la losa, tender la cama o aprender a pagar un servicio en el banco, pequeños ejercicios de “hombres grandes” que desarrolla autonomía. El ejercicio del respeto trascendió las puertas de los hogares para llegar al colegio, la universidad, el trabajo y la vida diaria. La razón asiste al zapatero de mi barrio cuando dijo “en el colegio los hijos van a aprender, porque la educación se la tiene que dar uno en la casa”.
Estos casos de alcahuetería llegan a tener consecuencias legales que involucran la integridad de otras personas o incluso sus vidas. Casos como el del asesinato de Luis Andrés Colmenares, estudiante muerto tras unos confusos hechos en una fiesta de Halloween de 2010, evidencian esta situación: miles de millones de pesos se han movido en un triste espectáculo judicial en el que aún no ha aparecido la verdad, pues los padres de los indiciados en la muerte del joven han pagado a unos reputados abogados que han encontrado en la dilación el mejor camino para obstaculizar el descubrimiento de la verdad, no la inocencia de sus defendidos.
Con el tiempo, estos muchachos tendrán que afrontar responsabilidades y justificar sus acciones, espero que no se escuden en animadversiones para justificar los errores, sino asumirlos y aprender de ellos, que es la manera como se crece en el mundo real.

Shine a light (2007)

¿Qué más puedo escribir de los Rolling stones? ¿Acaso una triste crónica sobre el porqué nunca pisarán suelo colombiano? ¿Hacer un relato ficticio sobre algún detalle de su azarosa vida, para dejar empalagado al lector con un panegírico? El reto de escribir una opinión sobre un grupo de culto por sus sonidos inspirados en el blues y las drogas, cuyos protagonistas viven en un mundo que todos los mortales apetecemos, es una tarea que aclaro: no es objetiva ni apartada de los sentimientos que me genera esta banda.



Martin Scorsese –tan fanático de la banda como usted- decide hacer un documental con un concierto íntimo e impecable, donde el espectador se acerca a la banda, hasta sentirse parte de esta leyenda. Shine a ligh (2008) es un concierto realizado en Nueva York, donde la banda toca temas clásicos o casi desconocidos. Los stones son los mortales que desde hace rato habitan el Olimpo musical, de modo que todas sus canciones un clásico.

Los primeros planos evidencian que estos viejos tienen un espíritu juvenil, con la experiencia que los hace ser admirados y reverenciados. Al final, todos queremos envejecer como uno de ellos; en mi caso personal, como Keith Richards.

Where the wild things are (2009)

Puede ser una película difícil de entender, una vacua historia de la rabieta de un niño solitario que reclama atención, o un relato lento que no desarrolla algo más allá de los miedos de cualquier pequeño. Spike Jonze es un director de videos musicales cuyas películas oscilan desde Being John Malkovick (1999) a Jackass (2002), quien decidió hacer la película de uno de los libros infantiles más vendidos en EE. UU: Where the wild things are de Maurice Sendak.

 

Max es un niño que ante un enfrentamiento con su mamá huye de su casa, llega a una isla habitada por una familia de monstruos, quienes viven en un ambiente natural. Sin heroísmos ni patriotismos que disfrazan un miedo que sólo encuentra solaz en las explosiones y las armas automáticas, la historia descifra el momento que las personas deben enfrentar sus miedos, angustias y egoísmos, así tengamos 7 ó 90 años.