Papá bacán

Es normal ver adolescentes que comparten gustos con sus padres, pues generalmente ellos ejercen una fuerte influencia en los gustos y preferencias de sus hijos, razón por la que escucho las rancheras de Jorge Alfredo Jiménez y Antonio Aguilar con nostalgia de hogar, esa que me lleva a los buenos recuerdos de mi infancia.
Con los años uno termina pareciéndose a sus padres, hereda sus resabios, costumbres y valores; rememora cada uno de los espacios que recorría con ellos e inevitablemente siempre los recuerdo de mayor tamaño. Otras veces llega un olor que evoca aquella feminidad que inspiraba mi madre, su elegancia al vestir con ese largo cabello negro y sus botas impecablemente lustradas; también llegan recuerdos infantiles de protección al recordar la mítica Old Spice que usaba mi papá, una época donde los hombres hablaban duro, quienes a pesar de su aspecto rudo sabían que su principal responsabilidad era la familia, donde su compromiso con el mundo era un permanente ejercicio de autoridad que con los años se traduce en respeto por los ancianos (bastaba con que alzara levemente la voz para que acabara cualquier asomo de indisciplina).
Atrás quedaron los años de los castigos físicos, con el paso de los años muchos comprendimos que los hombre debíamos romper con esa figura tradicional del “macho que no llora” para conectarnos con nuestra parte emocional. Admito que no es tarea fácil, pues tradicionalmente estamos entrenados para ocultar lo que sentimos –especialmente aquello que nos hace sentir frágiles o vulnerables-, pero se notan los avances en padres que no temen asumir labores que demanda el hogar; además, actualmente no hay mujeres que acepten fácilmente esta situación. Sin embargo, noto que los padres de mi generación se convirtieron en los “amigos bacanes” de sus hijos, con cierto temor de ejercer la autoridad que demanda la paternidad.
Frente a esta situación, las mujeres llevan el doble papel de ser corazón y autoridad en el hogar, pues los papás se convierten en un hijo más, quien acata ante su incapacidad de asumir su rol de autoridad y ejemplo. Estos padres “cómplices” justifican todas las acciones de sus hijos como manifestaciones del inconmensurable talento e inteligencia que la sociedad incompetente se niega a reconocer. Frecuentemente he escuchado a personas cercanas que se ufanan de las muestras de la genialidad de sus críos, quienes una vez pierden una materia o un año en el colegio, automáticamente justifican y refuerzan la explicación del pequeño: “no le caía bien al profesor, por eso lo dejó.” Otros se jactan de la capacidad para dar golpes de su hijo, incluso llegan al paroxismo de declamar que ellos, como su papá, no se la dejan montar de nadie.
Ante estos vergonzosos casos de orgullo paterno añoro aquellos padres de antaño, quienes enseñaban a respetar, a saludar y despedirse, asumir pequeñas responsabilidades hogareñas como lavar la losa, tender la cama o aprender a pagar un servicio en el banco, pequeños ejercicios de “hombres grandes” que desarrolla autonomía. El ejercicio del respeto trascendió las puertas de los hogares para llegar al colegio, la universidad, el trabajo y la vida diaria. La razón asiste al zapatero de mi barrio cuando dijo “en el colegio los hijos van a aprender, porque la educación se la tiene que dar uno en la casa”.
Estos casos de alcahuetería llegan a tener consecuencias legales que involucran la integridad de otras personas o incluso sus vidas. Casos como el del asesinato de Luis Andrés Colmenares, estudiante muerto tras unos confusos hechos en una fiesta de Halloween de 2010, evidencian esta situación: miles de millones de pesos se han movido en un triste espectáculo judicial en el que aún no ha aparecido la verdad, pues los padres de los indiciados en la muerte del joven han pagado a unos reputados abogados que han encontrado en la dilación el mejor camino para obstaculizar el descubrimiento de la verdad, no la inocencia de sus defendidos.
Con el tiempo, estos muchachos tendrán que afrontar responsabilidades y justificar sus acciones, espero que no se escuden en animadversiones para justificar los errores, sino asumirlos y aprender de ellos, que es la manera como se crece en el mundo real.
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