Gracias Millos querido

Fotografía tomada del periódico El Tiempo.
Es una sensación extraña para un hincha de Millonarios despertar sin la costumbre de hacer cuentas: “si el Quindío gana en Medellín por goleada, mientras que hacemos lo mismo en Cali, aún hay posibilidad de entrar a las finales, y ahí sí que se cuiden los demás equipos…” Abrir los ojos tras la celebración para darse cuenta de que no era un sueño sino una realidad que se consumó con la obtención del título 14 para mi equipo del alma, cuerpo y corazón: Millos.
Basta de armarse de valor y paciencia para sobrellevar las bromas recurrentes sobre los frecuentes fracasos del equipo, personas que solo provocan por el gusto de regodearse en tu notorio sufrimiento, mientras en un acto irracional y valiente (tan íntimamente relacionados) decides que te pones la misma camiseta te tenías ayer, cuando Millos perdió en Bogotá contra el Cortuluá, que era el último de la tabla.

Con una obsesión metódica aún conservo las boletas de partidos de hace diez años, cuando entraba a la tribuna lateral norte para saltar y respirar un humo que nos envolvía en un ritual primitivo, donde éramos guerreros por 90 minutos, en el que muchos anónimos y desarraigados nos sentíamos parte de un colectivo que seguía una religión llamada Millos. Luego aparecieron las drogas, los puñales y las disputas por los negocios que allí se manejan (boletería, viajes, drogas, alcohol, etc.) que me espantaron a otra tribuna, hecho que coincidió con el inicio de mi etapa laboral. Allí, al tomar distancia y analizar la realidad del fútbol que veía, fue evidente que sin importar los hinchas, los malos técnicos o las patéticas contrataciones que solo llenaban los bolsillos de dirigentes cuya codicia tenía un notable elemento criminal –casi mafioso-, Millos era más importante que todo eso.

Fotografía tomada del periódico El Tiempo.
Sin tocar el fondo de la humillación que significa el descenso del equipo, los hinchas ya nos acostumbrábamos a ver un equipo de media tabla, con una dirigencia egoísta y unos jugadores que carecían de profesionalismo y seriedad. La eliminación en octubre ya era habitual, por lo que el plan futbolero era seguir las ligas internacionales o el campeonato mundial de clubes. Asomaron efímeros ídolos que no alcanzaron la gloria, sea por su arrogancia o incompetencia, cuyos nombres no merecen ser recordados en estas épocas de júbilo, cuando la fe se renueva.
En verdad daba mucho gusto volver a ver la gente orgullosamente vestida con la camiseta del equipo, carros con banderas, gente que te saludaba por la simple razón de tener la camiseta de Millos y caras llenas de esperanza y orgullo.
Fotografía tomada del periódico El Tiempo.
Gracias a los dirigentes, al técnico Hernán Torres y a los jugadores por devolver la gloria a un equipo que nunca ha dejado de ser grande, como quedó demostrado ayer en las calles de Bogotá.
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