Archivo | enero 2013

Firmin de Sam Savage

En un mundo cuyo ritmo deja menos espacio para pensar, donde la mente está dopada con los mensajes de cualquier tipo de pantalla y la lectura aparece como una actividad extraña, relegada a unos solitarios que se dedican a ese placer que simula un onanismo intelectual, aparece la figura de Firmin: un ratón que nació y creció en una librería de Boston, quien goza de leer y analizar el mundo que le toca enfrentar.

La historia relata pasajes que seguramente han vivido los amantes de la lectura, quienes frecuentemente se sienten incómodos en el mundo real, dominado por las imágenes de televisión y las canciones monorrítmicas del artista de moda. 

La gran lección del roedor está precisamente en el acto de profundizar las ideas sin apartarse de la maravilla que significa vivir.

Nota: No es un libro para niños.

Firmin: Adventures of a Metropolitan LowlifeFirmin: Adventures of a Metropolitan Lowlife by Sam Savage
My rating: 4 of 5 stars

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Machitos, algo más que hormonas

La violencia contra las mujeres tiene un profundo fundamento cultural, aceptado como norma que potencializa la figura masculina en una sociedad que educa los hombres en los esquemas de la dominación, quienes hacen de las mujeres un objeto. Uno de los más execrables actos de la anacrónica figura del “macho alfa” son los relacionados con la violencia de género, aunque hay otros que no por ser menos trasgresores, deben ser aceptados.
Cuando un hombre no acepta este tipo de ideas y, más bien, propugna por la equidad fundamentada en el respeto por otro ser humano (principio fundamental en la Francia revolucionaria del siglo XVIII) no dejan de caer sobre él las sospechas de homosexualidad y falta de carácter, las que llegan incluso desde mujeres que han aceptado el modelo machista que nos rodea.
No está mal que una persona tenga un carácter rebelde, que se resiste a ser dominado o apocado, sino los medios para afianzar una figura de poder, sea por vía del dinero, el miedo o las trampas del chantaje emocional. Sin profundizar mucho en la sicología femenina (hecho obligatorio para cualquier persona que se atreva a escudriñar en el espíritu humano), tradicionalmente las mujeres han sido educadas en la sumisión, casi que viven para agradar a las demás personas, dejando de lado sus propios intereses y aspiraciones.
En ámbitos dominados por la figura de un hombre, aquella mujer que se resiste a la sonrisa fácil, quien no encaja en un grupo donde parece que su vida está programada desde que nace y se resiste a prolongar la tradicional figura femenina -aferrada a la maternidad y la complacencia- es tildada de marimacho, bruja o lesbiana, porque cuando los hombres no comprenden algo, de inmediato afloran los denuestos. En las reuniones familiares siempre llegará el comentario inoportuno y el consejo inútil para quien rompe con los esquemas.
Es triste ver cómo la violencia contra las mujeres resulta legitimada con frases como “por algo habrá sido”, “es que se viste muy provocadora” o la más triste: “ojalá haya aprendido”, mientras que Colombia es uno de los países latinoamericanos con mayores cifras de agresión contras las mujeres (junto con Perú).
Los agresores tienen la firme convicción que las mujeres son objetos, que deben estar dispuestas a cuanto capricho aflore; de lo contrario llegará a ira, agresión y –no en pocos casos- la muerte.
Los hombre afrontan un reto histórico: enfrentar la figura del macho tradicional, para quien la mujer es un objeto (sexual o de adoración, que otorga una efímera sensación de eternidad) y comprender que ellas son compañeras, no rivales ni posesiones que, tras pasar por el quirófano, deben  ser exhibidas como símbolo que reafirma el poder.
La virilidad no se desvanece mientras que se realizan las actividades hogareñas, ni al tratar de abrir las emociones hacia su compañera. Ella no se aprovechará de sus momentos de debilidad para humillarlo, ni hará de sus miedos herramientas para aterrorizarlo, como muchos hombres hacen con las mujeres. Comprenda que ellas son protectoras, sentimiento que no es incondicional, sino más bien frágil, que demanda un gesto amable, una palabra tierna y una sonrisa sincera.
Enfrentar un mundo tan machista es una gesta que demanda ser un verdadero hombre. No está relacionada con la fuerza ni con la cantidad de testosterona en los músculos, sino con asumir verdaderamente que ellas con un complemento, una necesidad y la puerta para comprendernos a nosotros mismos, tan cobardes al enfrentar nuestros propios sentimientos. Enfrentar a los machitos tradicionales requiere un carácter fuerte y una convicción por las ideas propias. Al final de la lucha, estará aquella compañera que tiene una palabra y un gesto de apoyo, sincero y franco.

El mal menor: ética política en la era del terror

La lucha contra el terrorismo significa un nuevo enfoque en la seguridad de los ciudadanos y la estabilidad de los gobiernos, en la que no hay naciones enemigas sino grupos de personas que buscan generar descontento y crear un ambiente radical, muy conveniente a sus aspiraciones de poder.

Enfrentar el terrorismo supone un nuevo reto para las agencias de seguridad, quienes deben respetar la ley y sopesar los riesgos frente al daño que este tipo de estructuras violentas podrían generar. Ignatieff hace un recuento de la historia del terrorismo para plantear una reglas de juego claras en un mundo lleno de miedo, cuya paranoia puede costar vidas y degenerar las condiciones que incuban un terrorismo más radical. 



The Lesser Evil: Political Ethics in an Age of TerrorThe Lesser Evil: Political Ethics in an Age of Terror by Michael Ignatieff
My rating: 5 of 5 stars

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Bogotá, la década perdida

El amanecer bogotano puede regalarte este tipo de mañanas.
Una de las cosas más lindas que tiene Bogotá son esos atardeceres en los que el sol tiñe de diversas tonalidades que varían del amarillo al rojo las nubes en el horizonte. Los bogotanos defienden un orgullo etéreo fundamentado en el hecho de ser la capital de Colombia, aquel mito fundacional inspirado en la leyenda de El Dorado que mutó en la Atenas suramericana y que actualmente siquiera llega a la Transilvania de los Andes (como apuntaba el genial Alfredo Iriarte), mientras la ciudad completará una década estancada entre la ineptitud, la desidia y la corrupción.
Recuerdo la figura de Antanas Mockus a mediados de la década de los 90, un filósofo que llegó a la Alcaldía con un lenguaje innovador, quien propugnaba por el cambio de pensamiento de los habitantes. Allí estaba un pensador neto que proponía un cambio para generar cultura ciudadana, una forma intangible de construir una ciudad más allá de las obras civiles, importantes para la calidad de vida de las personas, hecho que aprovechó Enrique Peñalosa para crear vías, parques, ciclorrutas, andenes y demás obras que buscaba actualizar a una ciudad que parecía condenada al eterno rezago con la modernidad. La implementación del sistema de transporte masivo Transmilenio marcó un hito en la modernización de la ciudad, el desarrollo tenía unos bríos capaces de resucitar el orgullo tímido de los cachacos.
Tristemente llegó el Polo Democrático al Palacio Liévano, pues en verdad da grima ver cómo la izquierda colombiana desperdicia su capital político en medio de la mediocridad y la corrupción, continuando con las mañas de los partidos tradicionales que tanto criticaron, lo que no es sano para la democracia colombiana, pues esta era una oportunidad única para deslegitimar la lucha armada de las FARC y el ELN, quienes insisten en una revolución armada mientras que secuestran y se dedican al narcotráfico.
Los gobiernos de Lucho Garzón, Samuel Moreno y Gustavo Petro, elegidos en representación de un partido de izquierda, han sumergido a Bogotá en una década perdida, donde el ímpetu del desarrollo y la inclusión se estancaron mientras que otras ciudades avanzaron. Con cinismo se han atribuido el papel de víctimas y perseguidos sociales para ocultar la ineptitud de sus administraciones, pues tradicionalmente ese ha sido el nervio de su discurso político.

La fila de articulados de Transmilenio en la estación
Las Aguas en una tarde puede tomar hasta 20 minutos.
Gustavo Petro no puede dar una explicación clara y contundente si recurrir a la martirización, pues todos los críticos son aliados de las clases dirigentes, mercenarios de la información o simples borregos engatusados por el teatro mediático. Dudo mucho que una persona que gasta cuatro horas diarias en un bus tenga tiempo para leer periódicos o ver televisión, pues las verdaderas víctimas de la incompetencia y arrogancia del actual alcalde somos los mismos ciudadanos, quienes no vemos ninguna gracia en el chiste cruel de la “Bogotá humana” cuando esta es una ciudad hostil, con andenes imposibles para salir con un coche de bebé, una silla de ruedas o en bastón, inseguridad en las calles y un tráfico imposible de soportar sin perder gran parte de la simpatía con la que se regresa de vacaciones.
Ojalá el alcalde Petro replantee su camino, aprenda a escuchar mejor a los administradores y deje ver inventarse enemigos en cada crítica. Espero que le vaya bien en los tres años de gobierno que le restan, pues será sano para la política colombiana tener un partido de izquierda coherente y propositivo (más allá de la arenga cacofónica y la crítica refleja); además, ganará Bogotá y quienes vivimos en ella.