Machitos, algo más que hormonas

La violencia contra las mujeres tiene un profundo fundamento cultural, aceptado como norma que potencializa la figura masculina en una sociedad que educa los hombres en los esquemas de la dominación, quienes hacen de las mujeres un objeto. Uno de los más execrables actos de la anacrónica figura del “macho alfa” son los relacionados con la violencia de género, aunque hay otros que no por ser menos trasgresores, deben ser aceptados.
Cuando un hombre no acepta este tipo de ideas y, más bien, propugna por la equidad fundamentada en el respeto por otro ser humano (principio fundamental en la Francia revolucionaria del siglo XVIII) no dejan de caer sobre él las sospechas de homosexualidad y falta de carácter, las que llegan incluso desde mujeres que han aceptado el modelo machista que nos rodea.
No está mal que una persona tenga un carácter rebelde, que se resiste a ser dominado o apocado, sino los medios para afianzar una figura de poder, sea por vía del dinero, el miedo o las trampas del chantaje emocional. Sin profundizar mucho en la sicología femenina (hecho obligatorio para cualquier persona que se atreva a escudriñar en el espíritu humano), tradicionalmente las mujeres han sido educadas en la sumisión, casi que viven para agradar a las demás personas, dejando de lado sus propios intereses y aspiraciones.
En ámbitos dominados por la figura de un hombre, aquella mujer que se resiste a la sonrisa fácil, quien no encaja en un grupo donde parece que su vida está programada desde que nace y se resiste a prolongar la tradicional figura femenina -aferrada a la maternidad y la complacencia- es tildada de marimacho, bruja o lesbiana, porque cuando los hombres no comprenden algo, de inmediato afloran los denuestos. En las reuniones familiares siempre llegará el comentario inoportuno y el consejo inútil para quien rompe con los esquemas.
Es triste ver cómo la violencia contra las mujeres resulta legitimada con frases como “por algo habrá sido”, “es que se viste muy provocadora” o la más triste: “ojalá haya aprendido”, mientras que Colombia es uno de los países latinoamericanos con mayores cifras de agresión contras las mujeres (junto con Perú).
Los agresores tienen la firme convicción que las mujeres son objetos, que deben estar dispuestas a cuanto capricho aflore; de lo contrario llegará a ira, agresión y –no en pocos casos- la muerte.
Los hombre afrontan un reto histórico: enfrentar la figura del macho tradicional, para quien la mujer es un objeto (sexual o de adoración, que otorga una efímera sensación de eternidad) y comprender que ellas son compañeras, no rivales ni posesiones que, tras pasar por el quirófano, deben  ser exhibidas como símbolo que reafirma el poder.
La virilidad no se desvanece mientras que se realizan las actividades hogareñas, ni al tratar de abrir las emociones hacia su compañera. Ella no se aprovechará de sus momentos de debilidad para humillarlo, ni hará de sus miedos herramientas para aterrorizarlo, como muchos hombres hacen con las mujeres. Comprenda que ellas son protectoras, sentimiento que no es incondicional, sino más bien frágil, que demanda un gesto amable, una palabra tierna y una sonrisa sincera.
Enfrentar un mundo tan machista es una gesta que demanda ser un verdadero hombre. No está relacionada con la fuerza ni con la cantidad de testosterona en los músculos, sino con asumir verdaderamente que ellas con un complemento, una necesidad y la puerta para comprendernos a nosotros mismos, tan cobardes al enfrentar nuestros propios sentimientos. Enfrentar a los machitos tradicionales requiere un carácter fuerte y una convicción por las ideas propias. Al final de la lucha, estará aquella compañera que tiene una palabra y un gesto de apoyo, sincero y franco.
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