Lincoln (2012)


La pregunta es obligatoria: ¿Qué decir de nuevo de Abraham Lincoln, una de las figuras políticas más influyentes en la historia moderna? El reto se complica aún más: ¿Qué decir de una película de Steven Spielberg? Sin dudas, al reseñar este tipo de películas uno podría optar por destacar las actuaciones de Daniel Day Lewis o Tommy Lee Jones; concentrarse en algunas imprecisiones históricas o evidenciar que las composiciones musicales de John Williams han caído en la repetición.
La verdad es cruel: Lincoln es una muy buen película, ambientada en los últimos meses de la vida de este Presidente norteamericano, quien se encargó de sacar adelante una naciente nación en medio de la sangría de la guerra, donde confluyen una serie de intereses políticos, sociales, económicos y éticos en un momento clave para la historia de los Estados Unidos.
Si caer en patriotismos ni discursos moralistas, Daniel Day Lewis ratifica que él es el mejor actor del mundo; Tommy Lee Jones vuelve a un papel que exige algo más de la saga que ha creado –el impávido agente K de Hombres de negro-; Spielberg despliega todo su talento en la puesta en escena, la iluminación y la ambientación; mientras que John Williams cumple magníficamente con la misión de hacer una banda sonora que invita al espectador a formar parte de la escena.
Es una historia que exige al espectador conocer previamente qué es lo que ocurre en la Norteamérica de Lincoln, que no cae en el discurso legitimador del antiesclavismo ni hace sesudas reflexiones religiosas sobre lo que dice la Biblia sobre la dominación de un hombre sobre otro (sea negro, indígena, mujer, niño, etc.). Se trata del juego del poder que recurre a las normas “limpias” de la política –si es que eso existe-. La trama plantea los límites éticos que buscan un bien superior, en el que prima la dignidad humana y el principio básico de igualdad entre los hombres.
La guerra es el escenario que ha devastado ambos bandos, en el que millones de hombre mueren, mientras otros pierden alguna parte de su cuerpo (incluso el alma). El gran mérito de Abraham Lincoln fue erigirse como el líder que no sólo cohesionó una nación fragmentada, sino que impuso un referente moral que aún se extiende a sus herederos de la Casa Blanca. También es un momento para recordar los principios creadores de esta nación: libertad, igualdad y la búsqueda de la felicidad, como sabiamente lo escribió Benjamín Franklin.
Lincoln no hizo de la guerra su único discurso político, ni usó sus poderes como Presidente en beneficio propio, sino que puso a disposición de una nación todo su valor personal para la consolidación de una nación. Al final, como colombiano quedo pensativo y reflexivo; y aún no puedo encontrar algún político de esta tierra que siquiera se asemeje un poco a la figura de Lincoln. Espero que los lectores me ayuden.
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