Angélica Bello

Angélica Bello es otra víctima revictimizada permanentemente por un Estado que en su ineptitud y abulia es cómplice, porque en Colombia las víctimas deben quedarse calladitas y resignadas a la tragedia que les tocó vivir en carne propia, de modo que no alteren la estabilidad que construyen los gobernantes de turno.
La historia de esta defensora de derechos humanos, quien se atrevió a reclamarle a un estado cuya mediocridad y ausencia patrocinan la violencia del país, refleja la situación de miles de personas en varias partes de Colombia: sus hijas fueron secuestradas para ser utilizadas como esclavas sexuales de los paramilitares de Casanare; desesperada, acudió al comandante para interceder por la libertad de estas mujeres; al final, no las asesinaron pero las condenaron al destierro inmediato. Tras mendigar ayudas en varias organizaciones, tocaron las puertas del Ministerio del Interior y el programa de ayuda a los desplazados, en donde conoció varias mujeres que estaban en su misma situación, razón por la que poco a poco fue liderando este grupo de víctimas. Inconforme con su protagonismo, la violencia llegó a su cuerpo: fue violada e intimidada para que “se callara la boca”.
Acosada por las amenazas, que en Colombia suelen cumplirse, llegó hasta Codazzi, Cesar, en donde murió en extrañas circunstancias, pues según el reporte de la Policía, se suicidó con el arma de uno de sus guardaespaldas. Sin embargo, personas que hablaron con ella horas antes de la muerte, aseguran que no advirtieron ninguna señal de alarma.
Tristemente, la lección evidencia la macabra despreocupación de un Estado para quien las víctimas son un obstáculo en la cacareada “reconciliación nacional”. De lo poco que se sabe de los diálogos entre el gobierno colombiano y las FARC en La Habana (Cuba), no hay menores indicios que mencionen a las víctimas de la guerra, expuestas a ambos bandos, que las atacan incesantemente. Mientras tanto, aparecen las fotos de un comandante montado en una motocicleta Haley Davidson, quien dice recordar episodios de su niñez ( tal vez el secuestro sea una hermosa parábola de algún juego infantil).
Perseguidas hasta la muerte, como lo fue el caso de Yolanda Izquierdo, la víctimas en Colombia siguen expuestas a la violencia, ya sea por la incapacidad de un gobierno que solo las necesita cuando debe repuntar en las encuestas de favorabilidad, o por el frío aliento de las balas que esperan el momento para zanjar obstáculos en el proceso de refundar la patria.
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