La chispa de la vida (2012), Álex de la Iglesia

Este director español, recordado gratamente por comedias negras como El día de la bestia (1996), La comunidad (2000) o el Crimen ferpecto (2004), se aventura a presentar un drama crítico de la sociedad actual: desesperanzada y mediatizada, que espera con una fe inquebrantable la “oportunidad de oro”.
Se trata de una aproximación al drama de Roberto, un publicista cuya fecha de vencimiento pasó hace muchos meses, quien está acompañado por una esposa (Salma Hayek, quien permanece bella con el paso de los años) que alimenta sus esperanzas mientras plancha sus camisas para la próxima entrevista de trabajo. Tras sufrir un accidente, Roberto comienza a ver su “gran oportunidad” para volver a la industria donde todo se promociona y vende, incluso su propio sufrimiento y dolor, sin importar que esté en juego su vida.
Para el espectador esta historia podría ser una comedia negra montada en un antiguo teatro griego, que progresivamente se va llenando de gente curiosa por conocer a la nueva estrella de la televisión. Sin embargo, refleja ese deseo que tenemos de estar cerca a la fama y el reconocimiento, razón que explica el éxito de las redes sociales incorporadas a los teléfonos inteligentes, en los que todos nos sentimos en el centro del mundo, compartimos nuestros pensamientos y las fotos de nuestros momento más memorables. De cierta manera, facebook, twitter o instagram cumplen con la misión de saciar el insaciable afán de reconocimiento de los ególatras.
Como Narciso, quien se ahogó en un lago tras verse reflejado en el agua, naufragamos en nuestro ego, nos vendemos y buscamos el reconocimiento de la sociedad. Nos vanagloriamos por ser vitrinas andantes, simular ser los modelos de las revistas y actuar como la presentadora de moda o la diva avejentada, quien, desesperada, recurre a la prepotencia, la provocación y el escándalo para tener una vigencia que opacan las nuevas estrellas. En las redes sociales, que actúan como el espejo de Narciso, buscamos personas en quien reflejarnos para vernos a nosotros mismos, opiniones iguales que fortalezcan las ideas propias (gran oportunidad para porfiar) y voces de apoyo que eviten criticar o contrariar.
El montaje que hace el director es un “detrás de cámaras” que critica los medios de comunicación que tienen un interés mercenario en su negocio de entretener (amparados en la falsa premisa “al público hay que darle lo que quiere), a los políticos oportunistas y manipuladores y a la dirigencia, cuya incompetencia concibió una ola de desesperanza, sin trabajo ni oportunidades para pensar en un mañana.

Es una narración vertiginosa que logra incorporar elementos de la comedia y la tragedia en un teatro magníficamente ambientado. Una antigua obra de teatro griega con elementos de la comunicación 2.0.
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