Archivo | junio 2014

El peligro alegre

Los amantes del buen fútbol estamos gozando con el Mundial en Brasil, partidos con goles y buena calidad, tribunas alegres y equipos que se atreven a buscar la victoria. La selección Colombia está escribiendo su propia historia con un juego vistoso, disciplinado y sediento de hacer historia; sin dudas, está a la altura del Campeonato organizado por la voraz y arrogante FIFA.

Dice el adagio que el camino a la victoria está colmado de adversidades, lo que enaltece llegar a la meta; sin embargo, la zozobra cuando juega la selección surge ante la amenaza que significa la celebración de los colombianos. Ante la exaltación colectiva gobernantes locales han decretado la ley seca o el toque de queda para garantizar la integridad de los ciudadanos, pues han sido varias las riñas con heridos y muertos.

Colombia es un país donde celebrar un triunfo deportivo se ha convertido en una amenaza pública, pues la mezcla de licor, euforia reprimida y falta de respeto por los demás ciudadanos constituye una mezcla explosiva con lamentables resultados.

Existe una falta de cohesión social entre los colombianos, evidente en estos escenarios, donde exhibimos el poder que creemos tener, desafiamos las leyes establecidas y se irrespeta a una autoridad cuya incompetencia raya en la complicidad. Aflora el macho que impone su propia visión de lo que significa la “colombianidad”, asociada al bullicio, el desorden y la falta de consideración por los demás.

Este triste teatro imita el legado de la cultura del narcotraficante ostentoso, arrogante e ignorante, un bandido admirado por el poder del terror y la muerte, quien logra sobresalir ante una serie de adversidades en un país desigual y casi monárquico. Los héroes que inspiran a la sociedad están asociados al narcotráfico, la trampa y la impunidad, afrenta a valores como el trabajo, el estudio y el esfuerzo diario.

La exhibición de la intimidación se ve frecuentemente en frases como “si lo veo, le doy en la cara, marica…” dicha por aquél vetusto personaje cuya nostalgia del poder afecta su raciocinio, inundado por el odio y la bellaquería; quien, de paso, quitó la poca majestad que le quedaba al título de Presidente.

La polarización no sólo afecta la estabilidad política de una sociedad que enfrenta el difícil reto de acoger a quienes dejarán las armas y someterse a la justicia; también influye en la manera como los ciudadanos dirimen sus conflictos, comprenden sus diferencias y solucionan sus inconvenientes sin que medie la violencia o intimidación.

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Resaca electoral

No hay un ambiente triunfalista en la Casa de Nariño, tampoco aquella polarización con ínfulas de guerra civil en la campaña perdedora de Óscar Iván Zuluaga; más bien hay una sensación de agotamiento, en una campaña presidencial que se alargó tres semanas, la cual no se caracterizó por un debate argumentado sobre el país en los próximos cuatro años, sino en una serie de bajezas que hicieron mella en el nombre y credibilidad de varios personajes (periodistas y expresidentes incluidos).

Santos continúa siendo el presidente de Colombia por otros cuatro años, no por su popularidad ni el éxito de su gestión, sino por el miedo de que en Colombia se instaure una dictadura civil, retardataria y rencorosa, que no admite contradictores ni mesura.

Hubo un llamado al voto pragmático ante los diálogos en La Habana, una oportunidad de sellar esa vergonzosa constante histórica que asocia nuestro sino con la violencia engendrada en el campo –desde Marquetalia hasta Ralito-; sin embargo, no es un voto de confianza unánime, pues el Presidente no exhibe una victoria contundente, sino una decisión dividida en una sociedad apática (abstencionista) y dividida (considerar los votos del Centro Democrático).

El reto de Juan Manuel Santos no sólo está en el éxito de las negociaciones con las FARC, cuyo letargo y misterio es terreno fértil para la desconfianza y el temor; también debe aglutinar a todos los actores de la sociedad –enemigos y contradictores incluidos- para crear un proyecto de nación en el que todos participen, donde las diferencias enriquezcan mutuamente antes de matarnos por el miedo que algunos incendiarios siembran esperando que germine el odio y la venganza, pues es la única justicia que reconocen.