Cuatro reflexiones poselectorales

Cualquier análisis se quedará corto ante la realidad política colombiana, dinámica como un río bravo: rápido y caudaloso en el que cualquier análisis naufraga o luce desactualizado al día siguiente. La manera cómo los colombianos abordan la época de elecciones se caracteriza por la emotividad y la pasión antes que la argumentación y la razón; además, las presidenciales coinciden con el Mundial de Fútbol, lo que exacerba el patriotismo y excusa cualquier exceso en nombre de la patria.
Más allá de la euforia de los triunfadores, las alianzas de segunda vuelta, la desazón de los perdedores y ese clima de incertidumbre frente al futuro de Colombia en los próximos cuatro años, estas elecciones tuvieron una connotación especial, que procedo a explicar:

1. Elecciones en paz más allá de las FARC

Estas han sido unas elecciones tranquilas sin la presencia de un actor armado (al igual que las de marzo anterior), debido a la llegada las FARC al escenario político y el cese al fuego del ELN en medio de unos frágiles diálogos de paz con el actual gobierno. Lo que ha impactado positivamente la participación ciudadana (53,8% en primera vuelta y 53.03% en segunda), hecho notable en la reducción de la tradicional abstención, cuando históricamente las presidenciales registran una votación escasa, debido a que los caciques regionales concentran los esfuerzos de sus maquinarias para posicionarse en el Congreso.
Sin la guerrilla en el escenario político, el campo del debate se amplió para discutir temas como el uso de fuentes alternativas de energía, los riesgos que representa la dependencia de la economía extractiva, la corrupción en todas sus formas, uso de la tierra, catastro rural y demás temas que parecían ocultos cuando la guerrilla era un factor decisivo en el campo político colombiano.
Las FARC en el escenario político deben honrar los acuerdos mediante la verdad, la justicia y la reparación, y entrar a debatir con su macabro pasado, lo que seguramente aprovechará el uribismo para proclamarse como el abanderado de las víctimas de “lafar” (onomatopeya de su fundador, líder y “presidente eterno”).

Elecciones Colombia 2018
Las elecciones de 2018 en Colombia han sido las más tranquilas en muchos años (Imagen: Telesur) 

2. Colombia no es tan goda

Colombia ha sido tradicionalmente un país conservador, que no ha vivido drásticas transformaciones impulsadas por revueltas populares ni golpes de estado que posicionaron gobiernos militares (como Brasil, Argentina, Chile o Uruguay) que dominaban las sociedades con el temible aparato represor de la disidencia. Una guerrilla sanguinaria, desconectada de las ideologías que las incubó y más dedicada a la delincuencia (secuestros, extorsión y narcotráfico) arrebató las banderas ideológicas a grupos y personas de ideología izquierdista, razón por la que este pensamiento fue criminalizado, asociado con la subversión y la connotación guerrerista.
Una idea que cuestionara las estructuras de poder en Colombia (oligárquicas, mediocres, ineptas y criminales) era vista con sospecha y precaución. Los disensos, las críticas y las luchas de tipo social (relacionadas con derechos humanos, restitución de tierras, acceso a la salud o condiciones justas de trabajo) eran criminalizadas por el aparato paraestatal, siempre listo a la difamación, intimidación o -en varios casos- el asesinato. Tratar temas en profundidad, con análisis, datos y hechos que enriquezcan la argumentación fue una de las características de esta elección; aunque ganó el candidato que parecía estar mejor preparado para un concurso de talentos: bailó, toco guitarra, hizo piruetas con un balón y contestó preguntas musicales. Los electores no son racionales, sino emocionales.
Las palabras de Iván Duque resultan preocupantes, pues asocia las críticas de la oposición como un “discurso incendiario”. La sociedad colombiana aún no supera esa mentalidad adolescente que la caracteriza: no admite críticas y las asume como un acto violento que intimida sus derechos. Si no es posible realizar críticas a la gestión del próximo presidente, ni cuestionar episodios que no han sido aclarados, como su papel el Odebrech o su escaza experiencia política y administrativa. Tampoco hubo un reconocimiento a Gustavo Petro, quien con más de ocho millones de votos marca un hito para un candidato de izquierda en Colombia.

3. ¿Desvanece el poder?

El periodismo es uno de los grandes perdedores de estas elecciones, pues sus sesgos informativos y el descarado favorecimiento a Duque no sólo afectaron su credibilidad, sino que ha fortalecido voces en las redes sociales (espacios que con el manejo adecuado resultan ser espacios de debate argumentado, ideas y reflexiones). Los interrogatorios que enfrentó Petro, contrastan con las charlas cálidas y cómplices con Duque. 

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Los debates en presidenciales fueron sosos, repetitivos y aburridos, pues los moderadores parecían aquellos jueces de hockey que se muestran aquiescentes mientras los jugadores reparten puños.
Las redes sociales han comenzado a aparecer nuevas voces, personas que han estudiado y trabajado lejos de las cámaras y los micrófonos, cuya experiencia y conocimiento está creando un debate amplio. 
Es claro que los grandes medios en Colombia están al servicio de los intereses económicos de sus dueños, lo que plantea la necesidad de crear y sostener medios de comunicación alternativos, que convoquen todos los sectores de la sociedad, para apostarle a una verdadera diversidad, el análisis con varias perspectivas y la creación de una identidad nacional que vaya más allá de lo coyuntural (sea la selección Colombia o el miedo al “castrochavismo”).
Los partidos políticos tradicionales han recibido un golpe de opinión de los electores, aunque seguramente sobrevivirán con las migajas del poder que los acostumbró a vivir arrodillados ante el presidente de turno. La falta de apoyo del Partido Liberal a Humberto de la Calle, y su posterior anuncio del voto en blanco, evidencia la penosa realidad de los partidos políticos: ver al tecnócrata de “bienvenidos al futuro” junto a personajes con un dudoso pasado, evidenció la triste rendición del neoliberalismo ante el país medieval, ese donde las maquinarias aún dominan, aunque su poder e influencia resultaron afectados.

4. El matemático que no sabía sumar

Sergio Fajardo tiene un pensamiento difícil de descifrar, pues resulta inexplicable que en la semana anterior a la votación de segunda vuelta se haya ido a la selva a ver ballenas, mientras sus electores esperaban un pronunciamiento más contundente, una luz en medio de la incertidumbre tras la derrota en las elecciones de mayo. Siempre se sintió ganador y optó por no “meterse con esa chusma” que espantaba el apoyo del Grupo Empresarial Antioqueño (GEP).
Tuvo la oportunidad de congregar varios sectores de la población que están inconformes con la dirigencia colombiana, ni no supo agrupar ese hartazgo que representa la corrupción, la inequidad y la falta de oportunidades; su estrategia se fundamentó en frases emotivas basadas en la fuerza de la esperanza, pero sin un análisis de la realidad de Colombia y las soluciones a esa complejidad de problemas que enfrenta el país, clave para que Petro llegara a disputar las elecciones de ayer y tomara el liderazgo de la oposición.


Negar los avances del país en los últimos ocho años es insensato, pues la agenda pública comenzó a abordar otros temas que estaban a la espera de ser discutidos. 
El “deber ciudadano” va mucho más allá de publicar su certificado electoral; más bien, se trata de comprender que como ciudadanos no sólo tenemos derechos, también deberes. Es una balanza social que ignoramos con arrogancia y defendemos con alevosía. Los colombianos somos vehementes al exigir derechos, pero poco comprometidos con los deberes.

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