Odio 2.0

Las recientes manifestaciones violentas de la intolerancia, junto con los discursos de odio en las redes sociales, muestran que está resurgiendo una peligrosa tendencia que suponíamos superada. El tiroteo en una sinagoga en Pittsburgh, el asesinato de una pareja de afroamericanos en Kentucky o la oportuna detección de paquetes explosivos enviados a figuras políticas y medios de comunicación críticos de la administración de Donald Trump, evidencian que el odio se está expandiendo y legitimando con la preocupante aquiescencia de líderes políticos.

No sólo ocurre en Estados Unidos. Jair Bolsonaro llegó a la presidencia de Brasil con un discurso homofóbico, racista y excluyente, característico de quien se cree superior a los demás ciudadanos. Los líderes actuales se sienten envalentonados por una popularidad fundamentada en el odio y el miedo, llamados a recuperar la dignidad y las buenas costumbres de una sociedad apartada de los -supuestos- designios de un dios (católico, ortodoxo, protestante, evangélico o islámico).

Impulsados por la favorabilidad popular, estos líderes frecuentemente atacan a quienes los critican, estableciendo un régimen represivo cuya brutalidad puede desbocarse fácilmente, como ocurrió con el asesinato del periodista saudí Jamal Khashoggi, la desaparición de críticos de Vladimir  Putin, la complicidad de los oligarcas turcos (propietarios de los medios de comunicación) con Tayyip Erdogan o el llamado a la limpieza social que hace Rodrigo Duterte en Filipinas.

El poder del discurso de odio

El odio ha encontrado en las redes sociales el mejor amplificador de su discurso, propiciando el afloramiento de sentimientos e ideas que hacíamos sepultadas. Las noticias falsas que influenciaron las elecciones presidenciales de 2016 en Estados Unidos, la desinformación al alcance de quien tenga acceso a WhatsApp y esa trinchera desde las que se amenaza, difama y desinforma, ponen en duda los beneficios de las redes sociales. Pero este odio no es el resultado de una generación espontánea, sino la utilización del miedo como estrategia política, pues un miedoso no razona, tan solo actúa para proteger lo que considera está bien en su modelo de sociedad, como lo describe la filósofa Martha Nussbaum: “El miedo es fácilmente trasladable hacia un destinatario que puede tener poco que ver con el problema subyacente, pero que hace las veces de conveniente sustituto del mismo, a menudo porque ese nuevo blanco ya es objeto del desagrado popular.”

Frente a este tipo de mensajes, Twitter parece estar haciendo muy poco. Cesar Hayoc, furibundo seguidor de Trump, conocido como el MagaBomber debido a los paquetes explosivos que envió a los Clinton, Obama, CNN y Robert de Niro, a través de Twitter profería amenazas contra cualquier crítico del actual presidente de Estados Unidos. Gregory Bush amenazaba judíos en redes sociales antes de asesinar 11 personas en una sinagoga en Pittsburgh. Evidentemente el riesgo contra los ciudadanos en su propio territorio no viene de los grupos islámicos ni los bad hombres latinos, sino de hombres blancos, armados y seriamente perturbados, quienes amenazan desde un teclado, tal vez inspirados por la furia de Trump en Twitter.

La incitación al odio 2.0 es la mutación del populismo, que Arianna Huffigton describe como: “… la agitación se tradujo en la formación de cierto partido político: los populistas. El historiador Richard Hofstadter describe así su agenda: “la utopía de los populistas estaba en el pasado, no en el futuro. Miraban hacia atrás con nostalgia por el paraíso agrario.” ¿Suena familiar? El mito de una edad de oro en Estados Unidos, que existía antes de todos nuestros problemas actuales, ha servido para impulsar muchas campañas políticas. Hofstadter también subraya la rígida visión populista de “nosotros contra ellos”. Las masas contra las élites. O, como diría Sarah Palin, los auténticos americanos contra todos los demás.”

Odio en redes sociales

Enajenado por el poder, Trump resulta ser un líder que no se rodea de asesores francos sino de aduladores, quien apunta su discurso xenófobo contra la caravana de migrantes centroamericanos que huyen de las peligrosas condiciones sociales, políticas y económicas de esta parte del continente. El grupo de desesperados son el chivo expiatorio para un presidente que enfrenta las midterms de noviembre con el temor de quien sabe que será evaluado a la mitad de su gestión. Anticipándose a la desaprobación de un líder misógino, xenófobo y narcisista, sin la menor capacidad de autoanálisis, que probablemente será castigado por los latinos, las mujeres y los afroamericanos, Trump sataniza a los migrantes, responsabilizándolos de las desgracias de un sistema que le quitó la grandeza a una nación que extraña un pasado glorioso.

El Presidente se muestra tan desorientado que ha sugerido no otorgar la nacionalidad a los hijos de los emigrantes ilegales, lo que evidencia un vergonzoso desconocimiento de la Constitución y de los Derechos Humanos. Mientras tanto, los ciudadanos añoran aquellos líderes capaces de crear acuerdos fundamentales sobre la convivencia entre los miembros de la sociedad del siglo XXI, donde no hay espacio para cualquier tipo de discriminación.

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