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Murtaza Messi

La imagen es conmovedora: un niño viste una bolsa plástica a manera de camiseta de fútbol y, sobre ésta, dibujados el número diez y la palabra Messi. En un ambiente hostil, una zona en permanente guerra religiosa y a pesar del frío este niño sólo piensa en imitar los regates del pequeño gran Lionel, admirado en Barcelona e incomprendido en Argentina. 

La “aldea global” de McLuhan es una realidad: estamos interconectados, pero, a la vez, sumergidos en mundos hechos a nuestra medida. Los críticos habituales (pasajeros de la vida que opinan de todo mientras los demás viven despreocupadamente) menosprecian a quienes vibran con un partido Barcelona Vs. Real Madrid con argumentos que evidencian su desconocimiento sobre la importancia de la información, los medios digitales de comunicación y el poder informativo de las redes sociales. 
Murtaza Ahmadi juega fútbol en una zona de Afganistán con una fuerte presencia de los Talibanes, quienes poco admiten que las personas se diviertan si no es mediante la obediencia de los preceptos del Corán y la particular interpretación de los Mulás en las madrazas, única manera en que los niños pueden acceder a una educación –así sea mediada por la religión y ese universo de supersticiones y prejuicios que la caracterizan-; mientras que las niñas son amenazadas –cuando no asesinadas– al defender su derecho humano a la educación. Este sombrío panorama poco le preocupa a Murtaza, quien juega sin importar el clima ni que sus botas de caucho dificulten un regate pícaro. Afortunadamente sus piernas están protegidas hasta las rodillas. 


Mientras el pequeño luce orgulloso su improvisada camiseta, elaborada por su hermano mayor, quien personalizó aquella bolsa plástica con un marcador, alguien le toma desprevenidamente una foto con un teléfono y la comparte en Instagram, aquella red social en la que jugamos a ser fotógrafos de lo cotidiano. Luego la imagen se vuelve viral (Santo Grial que mide la efectividad del mensaje, sin importar su credibilidad) y comienza la búsqueda de aquél pequeño, quien seguramente seguirá tratando de imitar a su ídolo.

El fútbol (y el deporte en general) es el elemento que mejor demuestra el poder de la comunicación, pues concita el interés de miles de millones de personas (1.013 millones de personas vieron la final del Mundial de Brasil). La Copa (1999) cuenta una historia similar a la de Murtaza. Su protagonista es un pequeño monje tibetano exiliado en India, cuyo ídolo era Ronaldo, de modo que él mismo decide hacerse su propia camiseta con el nombre de su ídolo para exhibirla en la final del Mundial de Francia 1998.

Otros esgrimen que la globalización es un proceso que afecta las identidades locales ante el poder de los medios de comunicación, quienes imponen una visión única del mundo, en la que el exhibicionismo y la provocación son elementos primordiales que aseguran el éxito sin tener algún talento. Aparecen monstruosos casos de sincretismo cultural, donde las identidades culturales locales se adaptan a los gustos extranjeros, especialmente turistas con mucho dinero; sin embargo, muchos diseñadores apelan al uso de elementos indígenas para dar un toque multicultural a sus creaciones.
A pesar de su amplia aceptación, las redes sociales reflejan la paradoja narcisista actual: necesitamos con desesperación la aprobación de los demás mediante un “me gusta” para sentirnos parte del mundo. 
Una foto publicada por Pato Aparato (@patopaolo) el 9 de Feb de 2016 a la(s) 4:05 PST

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Únicamente son exhibidos momentos de felicidad, ignorando que la tristeza y la adversidad también forman parte de esta aventura llamada vida. La fuerza transformadora de Internet se ha diluido en un mar de egolatría y egoísmo, sólo escuchamos nuestra propia voz y vemos nuestro reflejo en las demás personas, ignorando el poder transformador que otorga el hecho de abrir la mente a nuevas y diferentes maneras de ver y percibir el mundo a través de un computador.
Murtaza seguirá jugando fútbol sin que importen los “me gusta” o los “hashtag” que puedan aparecer y estas letras serán bits es un servidor. El mundo digital nos devora.

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El peligro alegre

Los amantes del buen fútbol estamos gozando con el Mundial en Brasil, partidos con goles y buena calidad, tribunas alegres y equipos que se atreven a buscar la victoria. La selección Colombia está escribiendo su propia historia con un juego vistoso, disciplinado y sediento de hacer historia; sin dudas, está a la altura del Campeonato organizado por la voraz y arrogante FIFA.

Dice el adagio que el camino a la victoria está colmado de adversidades, lo que enaltece llegar a la meta; sin embargo, la zozobra cuando juega la selección surge ante la amenaza que significa la celebración de los colombianos. Ante la exaltación colectiva gobernantes locales han decretado la ley seca o el toque de queda para garantizar la integridad de los ciudadanos, pues han sido varias las riñas con heridos y muertos.

Colombia es un país donde celebrar un triunfo deportivo se ha convertido en una amenaza pública, pues la mezcla de licor, euforia reprimida y falta de respeto por los demás ciudadanos constituye una mezcla explosiva con lamentables resultados.

Existe una falta de cohesión social entre los colombianos, evidente en estos escenarios, donde exhibimos el poder que creemos tener, desafiamos las leyes establecidas y se irrespeta a una autoridad cuya incompetencia raya en la complicidad. Aflora el macho que impone su propia visión de lo que significa la “colombianidad”, asociada al bullicio, el desorden y la falta de consideración por los demás.

Este triste teatro imita el legado de la cultura del narcotraficante ostentoso, arrogante e ignorante, un bandido admirado por el poder del terror y la muerte, quien logra sobresalir ante una serie de adversidades en un país desigual y casi monárquico. Los héroes que inspiran a la sociedad están asociados al narcotráfico, la trampa y la impunidad, afrenta a valores como el trabajo, el estudio y el esfuerzo diario.

La exhibición de la intimidación se ve frecuentemente en frases como “si lo veo, le doy en la cara, marica…” dicha por aquél vetusto personaje cuya nostalgia del poder afecta su raciocinio, inundado por el odio y la bellaquería; quien, de paso, quitó la poca majestad que le quedaba al título de Presidente.

La polarización no sólo afecta la estabilidad política de una sociedad que enfrenta el difícil reto de acoger a quienes dejarán las armas y someterse a la justicia; también influye en la manera como los ciudadanos dirimen sus conflictos, comprenden sus diferencias y solucionan sus inconvenientes sin que medie la violencia o intimidación.

Soccernomics

Soccernomics: Why England Loses, Why Germany and Brazil Win, and Why the U.S., Japan, Australia, Turkey--and Even Iraq--Are Destined to Become the Kings of the World's Most Popular SportSoccernomics: Why England Loses, Why Germany and Brazil Win, and Why the U.S., Japan, Australia, Turkey–and Even Iraq–Are Destined to Become the Kings of the World’s Most Popular Sport by Simon Kuper
My rating: 2 of 5 stars

Un sesgado estudio econométrico que evidencia la nostalgia de los ingleses por el imperio que fueron, mientras que la envidia por los norteamericanos queda expuesta en cada crítica al modelo de negocios en deportes como el béisbol, baloncesto o fútbol americano. Tampoco logran explicar claramente cómo es que los factores asociados al éxito en el fútbol no los ha cumplido Brasil.

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Gracias Millos querido

Fotografía tomada del periódico El Tiempo.
Es una sensación extraña para un hincha de Millonarios despertar sin la costumbre de hacer cuentas: “si el Quindío gana en Medellín por goleada, mientras que hacemos lo mismo en Cali, aún hay posibilidad de entrar a las finales, y ahí sí que se cuiden los demás equipos…” Abrir los ojos tras la celebración para darse cuenta de que no era un sueño sino una realidad que se consumó con la obtención del título 14 para mi equipo del alma, cuerpo y corazón: Millos.
Basta de armarse de valor y paciencia para sobrellevar las bromas recurrentes sobre los frecuentes fracasos del equipo, personas que solo provocan por el gusto de regodearse en tu notorio sufrimiento, mientras en un acto irracional y valiente (tan íntimamente relacionados) decides que te pones la misma camiseta te tenías ayer, cuando Millos perdió en Bogotá contra el Cortuluá, que era el último de la tabla.

Con una obsesión metódica aún conservo las boletas de partidos de hace diez años, cuando entraba a la tribuna lateral norte para saltar y respirar un humo que nos envolvía en un ritual primitivo, donde éramos guerreros por 90 minutos, en el que muchos anónimos y desarraigados nos sentíamos parte de un colectivo que seguía una religión llamada Millos. Luego aparecieron las drogas, los puñales y las disputas por los negocios que allí se manejan (boletería, viajes, drogas, alcohol, etc.) que me espantaron a otra tribuna, hecho que coincidió con el inicio de mi etapa laboral. Allí, al tomar distancia y analizar la realidad del fútbol que veía, fue evidente que sin importar los hinchas, los malos técnicos o las patéticas contrataciones que solo llenaban los bolsillos de dirigentes cuya codicia tenía un notable elemento criminal –casi mafioso-, Millos era más importante que todo eso.

Fotografía tomada del periódico El Tiempo.
Sin tocar el fondo de la humillación que significa el descenso del equipo, los hinchas ya nos acostumbrábamos a ver un equipo de media tabla, con una dirigencia egoísta y unos jugadores que carecían de profesionalismo y seriedad. La eliminación en octubre ya era habitual, por lo que el plan futbolero era seguir las ligas internacionales o el campeonato mundial de clubes. Asomaron efímeros ídolos que no alcanzaron la gloria, sea por su arrogancia o incompetencia, cuyos nombres no merecen ser recordados en estas épocas de júbilo, cuando la fe se renueva.
En verdad daba mucho gusto volver a ver la gente orgullosamente vestida con la camiseta del equipo, carros con banderas, gente que te saludaba por la simple razón de tener la camiseta de Millos y caras llenas de esperanza y orgullo.
Fotografía tomada del periódico El Tiempo.
Gracias a los dirigentes, al técnico Hernán Torres y a los jugadores por devolver la gloria a un equipo que nunca ha dejado de ser grande, como quedó demostrado ayer en las calles de Bogotá.

No es la última palabra

Tras una dolorosa ausencia, causada por la enorme responsabilidad que significa asumir los errores y pereza de otras personas con quienes trabajo, vuelvo para la última parte del campeonato de fútbol de Suráfrica. Reitero lo dicho en las entradas anteriores: ha sido un mundial soso y ruidoso.
La pobreza futbolística está justificada en selecciones que no aportan nada más de una férrea defensa y pescar un gol en un contragolpe o un balón detenido. Claro que llama la atención la eliminación de Italia y Francia en primera ronda, el fútbol mostrado por los equipos suramericanos y el repunte de los equipos europeos en las rondas definitivas.
Siempre hay equipos que ganan simpatizantes por su juego o la entrega que ponen en cada partido. De España 82 recuerdo a Brasil, eliminada en un vibrante partido por la Italia de Paolo Rossi; en México 86, Bélgica fue mi favorita –cómo olvidar las atajadas de Jean Marie Pfaff-, en Italia 90 por fin ganó una selección que me gustaba, mientras que en el 94 cayó eliminada por el talento de Stoichkov. Ya en el 98 me simpatizaba Holanda, en el 2002 el equipo turco era una muestra de velocidad y entrega –eliminada por el campeón-, y para el 2006 lo más memorable del equipo que me simpatizaba fue el cabezazo que le costó la expulsión al capitán en plena final.
En este campeonato me he identificado con la entrega y lucha que tienen uruguayos y paraguayos. Si fuera paisano de alguno de esos jugadores me sentiría bien representado. Los jugadores mediáticos, impulsados por las grandes marcas deportivas, languidecieron en cada partido –tal vez agotados por una temporada que les impone cerca de 70 partidos en un año, sin contar los tiempos de desplazamiento y recuperación- y dejaron la decepción flotando en el ambiente.
También queda claro que los equipos no ganan de camiseta y que cualquiera puede ganar, sin que importe el orden económico o a qué continente pertenezcan; así, Ghana eliminó a Estados Unidos y Uruguay obligó a Holanda y Alemania a defenderse hasta el último minuto.
Tan opaco ha sido este mundial que el corresponsal de Davivienda y un pulpo serán los personajes más recordados. Queda Alemania abierta a un buen futuro con jugadores jóvenes, mientras que al ver el nivel del fútbol suramericano, los colombianos la verán dura para llegar a jugar el mundial de Brasil.
Respecto al pulpo que funge como oráculos para los apostadores, es la muestra más clara de que la mediocridad del periodismo deportivo no conoce límites ni fronteras. Frente al tiempo de espera que hay entre los partidos y la incapacidad de hacer un análisis o buscar una noticia, se recurren a estas improvisadas estrategias que se quedan en lo anecdótico.
Mañana será la final. Afortunadamente no ganó ese fútbol rígido, esquemático y timorato que se vio en primera ronda. Me gustan las dos selecciones, aunque me gustaría que ganara España, porque representa un trabajo que ha venido cosechando campeonatos desde la Eurocopa de hace dos años.

Baja la temperatura

La ausencia de estos días no ha sido grata, a la espera de un toque mágico, una jugada traída de otra galaxia o un partido de aquellos en los que los dos equipos dejan el alma en el sudor de la camiseta, las palabras y las ideas se desvanecen al descubrir que estamos viendo el peor mundial de fútbol.
Muchos creían que el Mundial de Estados Unidos del 94 fue aburrido hasta el asco, pero al menos se veían las tribunas llenas en ese verano que fundía los jugadores en la cancha. La FIFA, tan hábil para los negocios como irrespetuosa con los aficionados al fútbol, no pensó en las consecuencias de llevar el campeonato a una tierra ignota, tristemente recordada por el “Apartheid” y salvada por la imagen de Nelson Mandela. Aparte del campeón, nada más será recordado en este Mundial.
Las críticas sobre el insufrible sonido de las corneticas sin ninguna tradición histórica –otra mentira para el rosario de falacias de Blatter- no han hecho mella en la soberbia de la FIFA, como tampoco prestará atención a las críticas que se hacen al balón. (Comienzo a sospechar que la palabra “Jabulani” significa aburrimiento en alguna lengua).
El panorama es el mismo: un equipo pequeño sale a la cancha a defenderse con nueve jugadores y apuesta al gol en una maniobra rápida, lograda más por la desesperación del contrario que por mérito propio. Son pocas las selecciones que no han sucumbido ante este desgraciado sino: Brasil, que comienza a engranar, Chile, fiel reflejo de la impronta de Marcelo Bielsa –que dolor por la oportunidad que perdió Colombia de contratarlo-, Paraguay, que bajo la égida de Martino ha mejorado notablemente su juego histórico y México, que combina el amor a la camiseta con una actitud paciente e inteligente.
Las sorpresas ya desinflaron al más entusiasta de los hinchas. Inglaterra no levanta, España defrauda y pide a gritos un Messi, Alemania sucumbe ante su propia incapacidad, Fracia está fragmentada e Italia se siente el paso de los años. La lógica de los mercados se hace evidente en el fútbol, pues Suramérica alimenta con jugadores talentosos las ligas con más dinero, mientras que sus selecciones se diluyen entre la incapacidad y la táctica rígida. Basta con recordar al campeón de la Liga de Campeones: El Inter de Milán sólo tuvo un jugador durante la final del pasado 22 de mayo (quien incluso entró cuando restaban 10 minutos para terminar el partido).
Una vez seleccionados los finalistas, el campeonato comienza en verdad. Adiós a los equipos intrascendentes, cuyos nombres sólo sirven para una rápida clase de geografía y para mantener a Blatter a la cabeza de la FIFA. Razón tenía Mr. David Yallop en su libro “Cómo nos robaron la copa”.