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#JeSuiAilin

Estupor, horror y una tristeza que me turba y silencia. Ver aquél niño cuyo cuerpo inerte silenció mis pensamientos. No tuve nada que decir. Pensé en sus lágrimas durante aquella despedida, esperanzados en encontrar una mejor vida –macabra contradicción-, lejos de la amenaza de la muerte por una bala, una bomba o un estallido, cuyas víctimas simplemente son reseñadas genéricamente como “daños colaterales” en una guerra cada vez más confusa, en la que nadie es responsable ni doliente.

Las redes sociales “viralizaron” esas imágenes: niños muertos en una playa. Macabras fotos que evidenciaron contundentemente el drama de aquellas personas cuya única esperanza es lanzarse al mar, huir del horror y el miedo permanente. Ahogados, desplazados y rechazados, la resignación de sentirse ciudadanos de segunda clase en una Europa que de vanagloria de ser la cuna de la “civilización”.

No fui capaz de publicar alguna foto de aquellas personas tendidas en la playa, cuerpos que flotan y nos recuerdan que la indiferencia es tan cruel como los intereses que fundamentan esas guerras que los llevaron hasta esta triste orilla. Indiferencia y discriminación. No pude publicarlas porque aún no las asimilo, no es posible que mientras huían con la última esperanza de salvar sus vidas hayan muerto cuando jugaban su única oportunidad.

Más que el análisis político, religioso, cultural, económico y geopolítico que explique esta locura, hay un aspecto que merece toda la atención: Europa. A principios del año, la solidaridad con los ataques terroristas en Francia quedaron impregnados en la memoria con la etiqueta #JeSuiCharlie. La indignación y la tristeza terminaron en la marcha solidaria, la foto de los Presidentes y el llamado a que no se propagara la xenofobia hacia los seguidores de Mahoma y Alá. Dos semanas después, un ataque de Al Shaghab Haram en una universidad de Kenia: 150 muertos, no hubo marchas, ni “hashtags”, sólo una reseña deslucida en la sección internacional, perdida entre fotos de gatos y curiosidades de todo el mundo.

¿Los muertos del primer mundo valen mucho más que aquellos “sin rostro”? Mientras que un palestino puede ser condenado a diez años de prisión por tirar piedras; un ultraortodoxo judío que quema a un niño de 18 meses y su padre, apenas recibe medio año de prisión.

Bonus track: En Estados Unidos, los inmigrantes ganan cerca de $240.000 millones al año, pagan cerca de 9.000 en impuestos y usan cerca de 5.000 millones en beneficios. Fuente: American Inmigration Council.