Imitation Game (2014)

Ser normal: amoldarse a las normas, acatar las órdenes y los deseos de la sociedad. Resignación a crear, innovar y ver el mundo con una perspectiva propia. Sentir culpa por seguir los preceptos personales. Perder el miedo a arrodillarse ante las figuras de poder.
Alan Turing fue un genio cuyo pasado era secreto de Estado, quien desarrolló una máquina capaz de descifrar los mensajes del ejército nazi durante la Segunda Guerra Mundial, hecho clave que pudo influir notablemente en la ventaja que significaría el triunfo de los aliados. Imitation game (Código enigma, 2014) narra con gran versatilidad visual (paleta cromática y ambientación bien logradas) el afán cotidiano de una Inglaterra sitiada por el terror de los bombardeos y el acoso de los submarinos alemanes.
Benedict Cumberbach interpreta a Turing, quien vive en el mundo de sus propios pensamientos, razón por la que su interacción con el mundo puede generar impresiones de arrogancia, rudeza y falta de modales. Concentrado en el reto que supone descifrar en menos de 18 horas los mensajes de Enigma (máquina de comunicaciones cifradas de los alemanes), la película narra varios sucesos en diversos momentos de la vida de Turing sin generar confusión, pues tiene un manejo de color bien definido, sin saturar ni hacerse monótono.
Sin apelar a efectos especiales sofocantes, sin sobreactuaciones, ritmos vacuos ni estridencias visualos o sonoras, Imitation Game logra contar una bonita historia sobre uno de los impulsores de las ciencias de la computación y la tecnología. Muy agradecido, Alan Turing.

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#JeSuiAilin

Estupor, horror y una tristeza que me turba y silencia. Ver aquél niño cuyo cuerpo inerte silenció mis pensamientos. No tuve nada que decir. Pensé en sus lágrimas durante aquella despedida, esperanzados en encontrar una mejor vida –macabra contradicción-, lejos de la amenaza de la muerte por una bala, una bomba o un estallido, cuyas víctimas simplemente son reseñadas genéricamente como “daños colaterales” en una guerra cada vez más confusa, en la que nadie es responsable ni doliente.

Las redes sociales “viralizaron” esas imágenes: niños muertos en una playa. Macabras fotos que evidenciaron contundentemente el drama de aquellas personas cuya única esperanza es lanzarse al mar, huir del horror y el miedo permanente. Ahogados, desplazados y rechazados, la resignación de sentirse ciudadanos de segunda clase en una Europa que de vanagloria de ser la cuna de la “civilización”.

No fui capaz de publicar alguna foto de aquellas personas tendidas en la playa, cuerpos que flotan y nos recuerdan que la indiferencia es tan cruel como los intereses que fundamentan esas guerras que los llevaron hasta esta triste orilla. Indiferencia y discriminación. No pude publicarlas porque aún no las asimilo, no es posible que mientras huían con la última esperanza de salvar sus vidas hayan muerto cuando jugaban su única oportunidad.

Más que el análisis político, religioso, cultural, económico y geopolítico que explique esta locura, hay un aspecto que merece toda la atención: Europa. A principios del año, la solidaridad con los ataques terroristas en Francia quedaron impregnados en la memoria con la etiqueta #JeSuiCharlie. La indignación y la tristeza terminaron en la marcha solidaria, la foto de los Presidentes y el llamado a que no se propagara la xenofobia hacia los seguidores de Mahoma y Alá. Dos semanas después, un ataque de Al Shaghab Haram en una universidad de Kenia: 150 muertos, no hubo marchas, ni “hashtags”, sólo una reseña deslucida en la sección internacional, perdida entre fotos de gatos y curiosidades de todo el mundo.

¿Los muertos del primer mundo valen mucho más que aquellos “sin rostro”? Mientras que un palestino puede ser condenado a diez años de prisión por tirar piedras; un ultraortodoxo judío que quema a un niño de 18 meses y su padre, apenas recibe medio año de prisión.

Bonus track: En Estados Unidos, los inmigrantes ganan cerca de $240.000 millones al año, pagan cerca de 9.000 en impuestos y usan cerca de 5.000 millones en beneficios. Fuente: American Inmigration Council.

2015: nuevo inicio

Evitar los lugares comunes, formatos desgastados por la tradición y frases que han perdido su calidez de tanto usarlas, son los retos al escribir en esta época de fin de año. Prescindo elaborar una lista de buenos deseos sin sonar como un motivador, ni hacer reflexiones vacuas, repetidas en estos días de asueto que pasan despacio, cuando la mente busca ese espacio cómodo y condescendiente en el que todos los errores son justificados (con bastante cinismo) y las buenas intenciones se reciclan cada 12 meses.

Hace tres años que no escribía esta nota, la cual se había hecho tradicional para algunos de mis lectores, quienes reclamaban mi olvido e ingratitud. Aclaro que estaba viajando y no podía concentrarme para escribir adecuadamente. De cierto modo, estas líneas están pensadas en ustedes, personas que conocen mi pensamiento y sonrisa, quienes saben interpretar una mirada o un silencio, toda una proeza en estos tiempos de teléfonos inteligentes e ideas inspiradas en topic trendings.

Lejos de la euforia de las fiestas y esa voracidad del ego manifestada en la compulsiva acción de alardear en las redes sociales, mostrarnos alegres per se no es más que una enfermedad que me aterra, pues contrasta con la crueldad de un mundo violento y deshumanizado. Lo real es tener miedo, estar a la defensiva y mirar para otro lado mientras que los problemas ocurren.

La felicidad llega al tener gratas noticias de cada uno de ustedes, verlos llenos de valor al enfrentar la realidad, apretar los dientes, mantener la respiración y afrontar la cotidianidad sin perder las razones para sonreír, hallar momentos de felicidad y darse cuenta de que vale la pena luchar por lo que uno quiere lograr. No hay lugar para la envidia cuando aprecio a las personas; a pesar de las distancias o la brevedad del tiempo, saberlos alegres, fuertes y perseverantes me llena de orgullo.

Sólo me queda agradecer por su presencia, sus palabras e incluso por los “me gusta”. Sin importar el tiempo, será grato verlos, escucharlos, recordar lo vivido y sonreír un rato, sentirlos vitales me anima, pues sé que no estamos solos.

Mis propósitos para el 2015 serán algo extraños: evitar tomarme fotos mientras entreno (literalmente las fotos quedan corridas), disfrutar un café sin subirlo a Instagram, trinar ni indignación y sentirme superior por cualquier acto que cualquier persona hacía antes de que los teléfonos inteligentes abrieran esa rendija por la que reclamamos nuestro derecho a la fama. Un brindis por su salud y la de sus familias; prosperidad, manifestada en ser felices con lo que tenemos; sabiduría para sortear las dificultades y retos; y que la vida vuelva a cruzar nuestros destinos (realmente estamos a una llamada de distancia).

Interstellar (2014)


El ser humano tiene una fascinación natural por la eternidad, extender su existencia más allá de la muerte (clave del mercadeo de las religiones modernas) y desafiarla hasta la locura (basta con ver las tumbas de los faraones egipcios para saber que el ego puede extenderse más allá de la locura).

Christopher Nolan (Memento -2000-, Inception -2010-)presenta un mundo agonizante donde la hambruna se asoma desafiante y vanidosa, pues sabe que llegará el momento de la victoria: la eliminación de la raza humana por hambre o asfixia. Mientras los granjeros ven cómo sus cosechas son arrasadas por una plaga que sólo deja polvo y la certeza de un futuro sombrío, Cooper (Matthew McConaughey) trata de sobrevivir entre las explicaciones lógicas y racionales para los problemas que se le presentan a un granjero normal: viudo, dos hijos y un pasado innecesario para su realidad.

Gracias a sus conocimientos, Cooper es elegido para integrar una misión: hallar otro planeta donde la humanidad tenga una segunda oportunidad. En este momento aparecen las teorías de viajes entre dimensiones, las implicaciones de viajar a la velocidad de la luz (gracias Carl Sagan) y la sensación de fragilidad al depender de robots mientras los humanos duermen (gracias Stanley Kubrick).

Los diálogos científicos son fluidos y forman parte vital del desarrollo de la película, mientras el tiempo que transcurre en la tierra se cierne como un péndulo mortal. Es una producción impecable cuyos giros plantean algo más allá de las configuraciones de tiempo, espacio y gravedad, sino la necesidad de cuidarnos como raza, desapareceremos de la Tierra, pero el planeta sobrevivirá varios millones de millones de años, hasta que desaparezca junto con el sistema solar actual.

Tal vez esa locura de perpetuarnos hasta la eternidad no permita entender que hay un futuro que las próximas generaciones también merecen vivir, aceptar nuestra realidad y comprender que no viviremos por siempre, pues en 100 años seremos un olvido, un pensamiento o un recuerdo vago. Somos una especie más que no merece la perpetuidad: basta con mirar lo que le hacemos diariamente al planeta, pues solo vivimos en la locura del egoísmo.

El peligro alegre

Los amantes del buen fútbol estamos gozando con el Mundial en Brasil, partidos con goles y buena calidad, tribunas alegres y equipos que se atreven a buscar la victoria. La selección Colombia está escribiendo su propia historia con un juego vistoso, disciplinado y sediento de hacer historia; sin dudas, está a la altura del Campeonato organizado por la voraz y arrogante FIFA.

Dice el adagio que el camino a la victoria está colmado de adversidades, lo que enaltece llegar a la meta; sin embargo, la zozobra cuando juega la selección surge ante la amenaza que significa la celebración de los colombianos. Ante la exaltación colectiva gobernantes locales han decretado la ley seca o el toque de queda para garantizar la integridad de los ciudadanos, pues han sido varias las riñas con heridos y muertos.

Colombia es un país donde celebrar un triunfo deportivo se ha convertido en una amenaza pública, pues la mezcla de licor, euforia reprimida y falta de respeto por los demás ciudadanos constituye una mezcla explosiva con lamentables resultados.

Existe una falta de cohesión social entre los colombianos, evidente en estos escenarios, donde exhibimos el poder que creemos tener, desafiamos las leyes establecidas y se irrespeta a una autoridad cuya incompetencia raya en la complicidad. Aflora el macho que impone su propia visión de lo que significa la “colombianidad”, asociada al bullicio, el desorden y la falta de consideración por los demás.

Este triste teatro imita el legado de la cultura del narcotraficante ostentoso, arrogante e ignorante, un bandido admirado por el poder del terror y la muerte, quien logra sobresalir ante una serie de adversidades en un país desigual y casi monárquico. Los héroes que inspiran a la sociedad están asociados al narcotráfico, la trampa y la impunidad, afrenta a valores como el trabajo, el estudio y el esfuerzo diario.

La exhibición de la intimidación se ve frecuentemente en frases como “si lo veo, le doy en la cara, marica…” dicha por aquél vetusto personaje cuya nostalgia del poder afecta su raciocinio, inundado por el odio y la bellaquería; quien, de paso, quitó la poca majestad que le quedaba al título de Presidente.

La polarización no sólo afecta la estabilidad política de una sociedad que enfrenta el difícil reto de acoger a quienes dejarán las armas y someterse a la justicia; también influye en la manera como los ciudadanos dirimen sus conflictos, comprenden sus diferencias y solucionan sus inconvenientes sin que medie la violencia o intimidación.

Resaca electoral

No hay un ambiente triunfalista en la Casa de Nariño, tampoco aquella polarización con ínfulas de guerra civil en la campaña perdedora de Óscar Iván Zuluaga; más bien hay una sensación de agotamiento, en una campaña presidencial que se alargó tres semanas, la cual no se caracterizó por un debate argumentado sobre el país en los próximos cuatro años, sino en una serie de bajezas que hicieron mella en el nombre y credibilidad de varios personajes (periodistas y expresidentes incluidos).

Santos continúa siendo el presidente de Colombia por otros cuatro años, no por su popularidad ni el éxito de su gestión, sino por el miedo de que en Colombia se instaure una dictadura civil, retardataria y rencorosa, que no admite contradictores ni mesura.

Hubo un llamado al voto pragmático ante los diálogos en La Habana, una oportunidad de sellar esa vergonzosa constante histórica que asocia nuestro sino con la violencia engendrada en el campo –desde Marquetalia hasta Ralito-; sin embargo, no es un voto de confianza unánime, pues el Presidente no exhibe una victoria contundente, sino una decisión dividida en una sociedad apática (abstencionista) y dividida (considerar los votos del Centro Democrático).

El reto de Juan Manuel Santos no sólo está en el éxito de las negociaciones con las FARC, cuyo letargo y misterio es terreno fértil para la desconfianza y el temor; también debe aglutinar a todos los actores de la sociedad –enemigos y contradictores incluidos- para crear un proyecto de nación en el que todos participen, donde las diferencias enriquezcan mutuamente antes de matarnos por el miedo que algunos incendiarios siembran esperando que germine el odio y la venganza, pues es la única justicia que reconocen.

El proceso, Franz Kafka

The TrialThe Trial by Franz Kafka
My rating: 5 of 5 stars

Triste decirlo: tras leer El proceso de Franz Kafka un colombiano siente que está leyendo la perfecta descripción del sistema judicial de su país: procesos que no son claros, jueces arbitrarios, investigadores corruptos y prestos a servir al mejor postor (mercenarios del Derecho), funcionarios tan ignorantes como arrogantes y acusados rendidos ante la tiranía de los decretos, las leyes, incisos, parágrafos y demás recovecos jurídicos.
Es la perfecta descripción de un patético escenario: hombrecitos de diminuta autoestima que encuentra en la lisonja y la lambonería el camino para hacerse parásitos de los poderosos, de modo que pueden alardear de las migajas que reciben desde arriba; aristócratas ignorantes y mediocres que detentan un poder heredado, cuya vanidad es alimentada por miles de aduladores con segundas y terceras intensiones.
Una novela bien escrita, con pasajes laberínticos y reflexiones vacuas que evidencian la pobredumbre de nuestro sistema judicial.


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